Una carta de José Asunción Silva.

A Rosa Ponce de Portocarrero

“… usted y yo tenemos la chifladura del arte, como dicen los profanos, y con esa chifladura moriremos…”

Carta abierta

Bogotá, noviembre de 1892

Señora

Hace dos años, en una larga temporada que pasó usted en el campo, llevando una vida apacible y tranquila, consagrada a la pintura, me hizo usted el honor de invitarme a almorzar una vez en su casa. Las horas que pasé allí me parecieron breves, como nos parece breve lo que es muy grato. Antes de que nos sentáramos a la mesa nos mostró usted su último estudio de pintura en pleno aire, acabado en la semana anterior; era aquella figurita la de una muchacha campesina, perdida en un trigal y que lleva en las manos unos manojos de yerba y unas flores; un cuadro lleno de luz y de aire de campo. Después del almuerzo, a tiempo del champaña que hervía en las copas, y del café negro, aromático como una esencia, nos propuso usted que diéramos una vuelta por las cercanías y todos aceptamos alborozados su idea.

Adelante íbamos usted y yo, y nuestra conversación fue una larga confidencia mutua de nuestra adoración a la belleza. Me hablaba usted de los incomparables goces que el arte le ha proporcionado en su vida; de la serenidad que esparció en su alma la contemplación de los mármoles antiguos; de la fascinación que ejercen sobre usted la ingenuidad inefable de las Vírgenes de los Primitivos, la sonrisa misteriosa de las figuras del Vinci, la claridad que dora las tinieblas rojizas de Rembrandt, la diáfana luz extraterrestre en que baña Murillo sus apariciones; me contaba usted que la música de algunos maestros, la hace a usted olvidarse de sí misma y sentir la tristeza, la alegría, los matices de sentimiento que interpretan las sinfonías inmortales. Con frases ardientes y sin dominar mi entusiasmo de fanático, me decía usted que en las obras de los grandes sacerdotes de la palabra, ésta acumula todos los medios de que disponen las otras artes para recrear la vida, agregándole el alma del artista; le contaba cómo me desvanece el olor de los cadáveres, de aquella ciudad en el último canto del poema de Lucrecio; le contaba que de entre la muchedumbre que gesticula y ama y odia y mata y muere en los dramas de Shakespeare, salen a veces a hablar conmigo el pálido príncipe que conversa con los sepultureros y el judío ávido que reclama su libra de carne; le decía a usted que los poetas son compasivos con los que los aman, que Musset les da a beber a sus íntimos el champaña ardiente de su sensualismo gozador; De Vigny, un brebaje negro que procura la resignación; Shelley, un haschich sutil que lo hace sentirse a uno hermano de olvidarse de sí misma y sentir la tristeza, la alegría, los matices de sentimiento que interpretan las sinfonías inmortales.

Con frases ardientes y sin dominar mi entusiasmo de fanático, me decía usted que en las obras de los grandes sacerdotes de la palabra, ésta acumula todos los medios de que disponen las otras artes para recrear la vida, agregándole el alma del artista; le contaba cómo me desvanece el olor de los cadáveres, de aquella ciudad en el último canto del poema de Lucrecio; le contaba que de entre la muchedumbre que gesticula y ama y odia y mata y muere en los dramas de Shakespeare, salen a veces a hablar conmigo el pálido príncipe que conversa con los sepultureros y el judío ávido que reclama su libra de carne; le decía a usted que los poetas son compasivos con los que los aman, que Musset les da a beber a sus íntimos el champaña ardiente de su sensualismo gozador; De Vigny, un brebaje negro que procura la resignación; Shelley, un haschich sutil que lo hace sentirse a uno hermano de lánguidos sauces, fuimos a dar al pueblecito vecino.
Para mí se fundieron en una sola, penetrante, fina y sutilmente voluptuosa, las impresiones del paseo, la temperatura tibia del aire y la claridad de la hora, la expresión aristocrática de la fisonomía de usted y los detalles exquisitos de su vestido; la quietud adormecida del paisaje y el olor de White Rose que emanaba del pañuelo de batista que tenía usted en la mano enguantada de piel de Suecia; la luz sonrosada en que la envolvía a usted al tamizar los rayos verticales del sol, su sombrilla de crespón rojo; la sonrisa desencantada que asomaba a sus labios y la música de su voz al contarme las dificultades con que había luchado al pintar su último cuadro.

Hoy, en unas horas perdidas, mientras que la lluvia monótona extiende sus cortinas grises por el horizonte y enloda las calles y lo entenebrece todo como un pianista desconfiado que antes de preludiar una sinfonía toca interminables escalas para adueñarse de los secretos de la práctica y dominar el teclado sonoro, me he entretenido en hacer ejercicios de estilo, para lograr que las palabras digan ciertas impresiones visuales. Es así como he escrito estas Transposiciones. Mientras las escribía recordaba las horas que pasé aquel día en casa de usted y se me impuso la idea de suplicarle que aceptara estas páginas en recuerdo de ellas y de nuestra larga plática de Arte.
Nuestros compañeros que conversaban esa mañana del ferrocarril en construcción, de la habilidad del Ministro, de la cosecha mirífica y de la baja del cambio, han tenido después decepciones crueles y han renegado de sus entusiasmos de entonces; el ferrocarril está inconcluso y las acciones no tienen cotización; el Ministro resultó un imbécil, las sementeras se perdieron y el papel-moneda bajó veinte por ciento.

Usted y yo no hemos tenido desengaños acerca de los entusiasmos que motivaron nuestro diálogo de ese día; sigue usted con más amor que nunca, fijando en sus cuadros la poesía eterna del color, de la luz y de la sombra; sigo leyendo yo mis poetas y tratando de dominar las frases indóciles para hacer que surgieran los aspectos precisos de la Realidad y las formas vagas del Sueño; cuando se sienta usted a su piano Weber y pasa sus dedos ágiles y finos sobre el teclado de marfil, las sonatas de Beethoven la hacen entristecerse más suavemente que entonces; cuando abro yo mi ejemplar de los poemas de Bourget, tirado en papel de la China y empastado por Thibaron en pasta llana de marroquí rojo del Levante, con filetes de oro, siento una emoción más profunda al releer la Meditación sobre una calavera, o las estrofas penetrantes y musicales de la Noche de Estío; cuando los ojos de usted, fatigados por la policromía de la paleta, se detienen en la Ninfa de Clodion, aprecian mejor el moldeado blando del seno y las curvas armoniosas de las piernas gráciles; cuando vuelve usted a mirar la copia del Angelus hecha por sus manos, siente a más a fondo la poesía sencilla y grandiosa del lienzo magistral, y se deja invadir lentamente por la melancolía que flota en la claridad moribunda de aquel cielo de crepúsculo y que cae con la sombra sobre la tierra ennegrecida y sobre las figuras oscuras de los labriegos.

Es que usted y yo, más felices que los otros que pusieron sus esperanzas en el ferrocarril inconcluso, en el Ministro incapaz, en la sementera malograda o en el papel-moneda que pierde su valor, en todo eso que interesa a los espíritus prácticos tenemos la llave de oro con que se abre la puerta de un mundo que muchos no sospechan y que desprecian otros, mundo donde no hay desilusiones ni existe el tiempo; es que usted y yo preferimos, al atravesar el desierto, los mirajes del cielo a las movedizas arenas, donde no se puede construir nada perdurable; en una palabra, es que usted y yo tenemos la chifladura del arte, como dicen los profanos, y con esa chifladura moriremos.
Señora, déjelos usted que nos llamen chiflados y que se burlen de nuestra inocente manía. Ya ve usted cómo al cabo de dos años nosotros adoramos con más fervor lo que queríamos entonces, y ellos han perdido sus ilusiones. Ríase usted de ellos, señora, si su bondad inefable se lo permite, y si no, compadézcalos. Los dos hemos escogido en la vida la mejor parte, la parte del ideal, la parte de María, y mientras Marta prepara el el banquete y lava las ánforas, nosotros, sentados a los pies del Maestro, nos embelesamos oyendo las parábolas.
Es fácil que algunos instantes de desabrimiento y de acedía le impidan gozar del éxtasis fruiciones estéticas; que las tentaciones del mundo vengan a turbar la paz del espíritu de usted y que la muselina de Siriganor de un vestido de baile salido de las manos de Worth, o el oriente rosado de las perlas de un collar que tengan el estuche de raso negro la marca de Baugrand Rivir, le parezcan a usted más deseables que el claroscuro exacto de un esbozo difícil o que la interpretación sincero de una mediatinta fugitiva; yo he tenido de esos en que, desesperando de lograr la armonía de un período o la música de una estrofa, y olvidado de mis poetas, he pecado gravemente, y he perdido mi fervor, sin fuerza para resistir las tentaciones vertiginosas del oro. Aconsejado en esas horas de aridez espiritual por mi confesor laico, un viejo psicólogo que tiene en su celda, por todo adorno, una copia de la Melancolía, de Alberto Dürer, y que posee a fondo los secretos sutiles de la dirección de las almas, he alcanzado grandes consuelos y he restablecido la paz interior leyendo y meditando mucho aquellos versículos suavísimos de la Imitación:

Excedunt enim spirituales consolaciones,
omnes mundi delicias, et corais voluptatis.
Nam omnes deliciae mundanae,
aut vanae sunt, aut turpes.
(De Imitat, Lib. II, Cap. X)

Que al leer usted estas páginas sienta algo del encanto que tuve al escribirlas, y al recordar la mañana clara y tibia que caminamos juntos por la vereda que lleva a
la casa de campo donde pasó usted horas tan apacibles, retirada del mundo y distraída de las preocupaciones mezquinas del diario, por el sortilegio misterioso del Arte.

silva_firma_1889_s

 

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Carta con la que Silva envió sus “Transposiciones” a la señora Rosa Ponce de Portocarrero. La carta y los textos “Al Carbón” y “Al Pastel” fueron publicados por primera vez en la Revista Gris de noviembre de 1892.

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