Recordando la prosa poética de Simón Bolívar

Pareciera que hablar sobre Simón Bolívar fuera un tema terriblemente desgastado en el mundo contemporáneo, sus discursos mal interpretados hasta más no poder por la revolución Bolivariana, y todo el desprestigio de la derecha “democrática” al comparar su vida y méritos con las dictaduras, han hecho de este sujeto histórico un tema digno para botar en el cajón mas grande de la historia.

Simón Bolívar no solamente se construyo como sujeto político y militar sino como la mayoría de los formados en humanidades de su tiempo, un carácter mucho mas matizado de lo que los políticos ha creado entorno a su imaginario. Uno de sus mas grandes talentos y poco compartido actualmente ha sido su talento para el arte epistolar, un talento que necesita de varios recursos para su ejecución, entre ellos un gran léxico, el conocimiento de la poesía y la prosa como recurso narrativo, una letra bellisima, así como una visión poética única revelada a través de sus palabras, acorde a un periodo revolucionario y colonial, fue un visionario poético, el uso y la precisión de sus palabras hace que valga la pena analizar sus aportes sobre literatura y poesía.

Compartimos con ustedes dos cartas emblemáticas de Simón Bolívar que oscilan entre  la ultima etapa de su vida 1822 y 1830. Esperamos que desde su propias palabras podamos cambiar un poco el imaginario histórico que existe en su sombra e imaginar un pasado mucho mas vivo y lleno de matices, un Bolívar mucho mas sensible y terrenal alejado de aquel monumento de héroe que lo ha despojado de su propia esencia.

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Alexander Von Humboldt y Aimée Bondpland en el volcán Chimborazo – Ecuador 1806 – óleo sobre lienzo –  Friedrich Georg Weitsch

  13 de octubre  de 1822

MI DELIRIO EN EL CHIMBORAZO

Yo venía envuelto en el manto de Iris, desde donde paga su tributo el caudaloso Orinoco al Dios de las aguas. Había visitado las encantadas fuentes amazónicas, y quise subir al atalaya del Universo. Busqué las huellas de La Condamine y de Humboldt; seguílas audaz, nada me detuvo; llegué a la región glacial, el éter sofocaba mi aliento. Ninguna planta humana había hollado la corona diamantina que pusieron las manos de la Eternidad sobre las sienes excelsas del dominador de los Andes. Yo me dije: este manto de Iris que me ha servido de estandarte, ha recorrido en mis manos sobre regiones infernales, ha surcado los ríos y los mares, ha subido sobre los hombros gigantescos de los Andes; la tierra se ha allanado a los pies de Colombia, y el tiempo no ha podido detener la marcha de la libertad. Belona ha sido humillada por el resplandor de Iris, ¿Y no podré yo trepar sobre los cabellos canosos del gigante de la tierra?

¡Sí podré!

Y arrebatado por la violencia de un espíritu desconocido para mí, que me parecía divino, dejé atrás las huellas de Humboldt, empañando los cristales eternos que circuyen el Chimborazo. Llego como impulsado por el genio que me animaba, y desfallezco al tocar con mi cabeza la copa del firmamento: tenía a mis pies los umbrales del abismo.

Un delirio febril embarga mi mente; me siento como encendido por un fuego extraño y superior. Era el Dios de Colombia que me poseía.

De repente se me presenta el Tiempo bajo el semblante venerable de un viejo cargado con los despojos de las edades: ceñudo, inclinado, calvo, rizada la tez, una hoz en la mano…

“Yo soy el padre de los siglos, soy el arcano de la fama y del secreto, mi madre fue la Eternidad; los límites de mi imperio los señala el Infinito; no hay sepulcro para mí, porque soy más poderoso que la Muerte; miro lo pasado, miro lo futuro, y por mis manos pasa lo presente. ¿Por qué te envaneces, niño o viejo, hombre o héroe? ¿Crees que es algo tu Universo? ¿Que levantaros sobre un átomo de la creación, es elevaros? ¿Pensáis que los instantes que llamáis siglos pueden servir de medida a mis arcanos? ¿Imagináis que habéis visto la Santa Verdad? ¿Suponéis locamente que vuestras acciones tienen algún precio a mis ojos? Todo es menos que un punto a la presencia del Infinito que es mi hermano”.

Sobrecogido de un terror sagrado, «¿cómo, ¡oh Tiempo! -respondí- no ha de desvanecerse el mísero mortal que ha subido tan alto? He pasado a todos los hombres en fortuna, porque me he elevado sobre la cabeza de todos. Yo domino la tierra con mis plantas; llego al Eterno con mis manos; siento las prisiones infernales bullir bajo mis pasos; estoy mirando junto a mí rutilantes astros, los soles infinitos; mido sin asombro el espacio que encierra la materia, y en tu rostro leo la Historia de lo pasado y los pensamientos del Destino».

“Observa -me dijo-, aprende, conserva en tu mente lo que has visto, dibuja a los ojos de tus semejantes el cuadro del Universo físico, del Universo moral; no escondas los secretos que el cielo te ha revelado: di la verdad a los hombres”. El fantasma desapareció.

Absorto, yerto, por decirlo así, quedé exánime largo tiempo, tendido sobre aquel inmenso diamante que me servía de lecho. En fin, la tremenda voz de Colombia me grita; resucito, me incorporo, abro con mis propias manos los pesados párpados: vuelvo a ser hombre, y escribo mi delirio. 

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fanny

Querida prima:
¿Te extraña que piense en ti al borde del sepulcro?
Ha llegado la última hora; tengo frente al frente el mar Caribe, azul y plata, agitado como mi alma por grandes tempestades; a mi espalda se alza el macizo gigantesco de la sierra con los viejos picos coronados de nieve impoluta como nuestros sueños de 1805.

Por sobre mí, el cielo más bello de América, la más hermosa sinfonía de colores, el más grandioso derroche de luz. Y tu estás conmigo, porque todos me abandonan; tú estás conmigo en los postreros latidos de la vida, en las últimas fulguraciones de la conciencia.

¡Adiós Fanny! Esta carta llena de signos vacilantes, la escribe la mano que estrecho las tuyas en las horas del amor, de la esperanza y de la fe. Esta es la letra que iluminó el relámpago de los cañones de Boyacá y Carabobo; ésta es la letra escrita del decreto de Trujillo y el mensaje del Congreso de Angostura…

¿No la reconoces verdad? Yo tampoco la reconocería si la muerte no me señalara con un dedo despiadado la realidad de este supremo instante. Si yo hubiera muerto en un campo de batalla frente al enemigo, te dejaría mi gloria, la gloria que entreví a tu lado en los campos de un sol de primavera.

Muero miserable, proscrito, detestado por los mismos que gozaron de mis favores, víctima de un inmenso dolor; presa de infinitas amarguras. Te dejo el recuerdo de mis tristezas y las lágrimas que no llegarán a verter mis ojos.

¿No es digna de tu grandeza tal ofrenda?

Estuviste en mi alma en el peligro, conmigo presidiste los consejos de gobierno, tuyos son mis triunfos y tuyos mis reveses, tuyos también mi último pensamiento y mi pena final.
En las noches galantes del Magdalena vi desfilar mil veces la góndola de Byron por las calles de Venecia, en ella iban grandes bellezas y grandes hermosuras, pero no ibas tú; por que tu flotabas en mi alma mostrada por la níveas castidades.
A la hora de los grandes desengaños, a la hora de las últimas congojas apareces ante mis ojos de moribundo con los hechizos de la juventud y de la fortuna; me miras y en tus pupilas arde el fuego de los volcanes; me hablas y en tu voz escucho las dianas de Junín.

Adiós, Fanny, todo ha terminado. Juventud, ilusiones, risas y alegrías se hunden en la nada, sólo quedas tú como ilusión serafina señoreando el infinito, dominando la eternidad.

Me tocó la misión del relámpago: rasgar un instante las tinieblas, fulgurar apenas sobre el abismo y tornar a perderse en el vacío.

Santa Marta, 6 de diciembre de 1830

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