Tres obras del teatro experimental de Cali para la memoria

El Teatro experimental de Cali  (TEC) fue fundado en 1955, en la Escuela Departamental de Teatro de Cali, Departamento del Valle del Cauca en Colombia. La importancia y la influencia del método de creación colectiva creado por Enrique Buenaventura su director, ha sido tal vez uno de los aportes mas grandes de Colombia a la historia mundial del teatro y las artes. La importancia del método de Creación Colectiva, ha hecho de Cali y del TEC un lugar de experimentación y creación entorno a las artes vivas.

La creación colectiva no es algo mínimo que ocurre en el teatro como el mismo TEC lo cita: “Leyendo a Hannah Arendt encontramos una definición de la acción que  acompleja lo que en el “método” llamamos conflicto y nos ubica ahí, donde nace la necesidad del teatro. “La acción es la única actividad que relaciona directamente a los hombres entre sí prescindiendo de objetos y materia, corresponde a la condición humana de la pluralidad, al hecho de ser los hombres y  no el hombre quienes habitan el mundo… La pluralidad es la condición de la acción humana porque somos todos iguales, es decir humanos, no obstante jamás, ninguna persona es idéntica a otro hombre que haya vivido o viva o aún está por nacer.”  TEC, 2008

Enrique buenaventura fue pintor, dibujante, poeta, escritor y dramaturgo, sus escritos sobre el teatro del tercer mundo y la creación colectiva aun tienen mucho para decir en cuanto a tecnica y narrativa, ahora que en Colombia se aproxima poco a poco la paz algunas de sus obras nos permiten construir un enfoque critico para pensarnos a través de su trayectoria a la par de la historia moderna y contemporánea de Colombia.

 

En su libro Teatro con obras de los papeles del infierno publicado por la editorial Instituto colombiano de cultura en 1977, se recopilaron once piezas de las cuales compartimos tres con ustedes, esperamos que este sea un recurso para lectores como para artistas vivos que quieran hacer un homenaje al TEC y a la memoria colectiva colombiana.

LA MAESTRA.

PERSONAJES:

  • La maestra
  • Juana Pasambú
  • Pedro Pasambú
  • Tobías el Tuerto
  • La vieja Asunción
  • Sargento
  • El viejo (Padre de la maestra)

En primer plano una mujer joven, sentada en un banco. Detrás de ella o a un lado van ocurriendo algunas escenas. No debe haber ninguna relación directa entre ella y los personajes de esas escenas. Ella no los ve y ellos no la ven.

1- LA MAESTRA:

Estoy muerta. Nací aquí, en este pueblo. En la casita de barro rojo con techo de paja que está al borde del camino, frente a la escuela. El camino es un río lento de barro rojo en el invierno y un remolino de polvo rojo en el verano. Cuando vienen las lluvias uno pierde las alpargatas en el barro y los caballos y las mulas se embarran las barrigas, las enjalmas y hasta las caras y los sombreros de los jinetes son salpicados por el barro. Cuando llegan los meses de sol, el polvo rojo cubre todo el pueblo. Las alpargatas suben llenas de polvo rojo y los pies y las piernas y las patas de los caballos y las crines y las enjalmas y las caras sudorosas y los sombreros, todo se impregna de polvo rojo. Nací de ese barro y de ese polvo rojo y ahora he vuelto a ellos. Aquí, en el pequeño cementerio que vigila el pueblo desde lo alto, sembrado de hortensias, geranios, lirios y espeso pasto. Es un sitio tranquilo y perfumado. El olor acre del barro rojo se mezcla con el aroma dulce del pasto yaraguá y hasta llega, de tarde, el olor del monte, un olor fuerte que se despeña pueblo abajo. (Pausa.) Me trajeron al anochecer. (Cortejo mudo, al fondo con un ataúd.) Venia Juana Pasambú, mi tía.

2- JUANA PASAMBÚ:

¿Por qué no quisiste comer?

3- LA MAESTRA:

Yo no quise comer. ¿Para qué comer? Ya no tenía sentido comer. Se come para vivir. Y yo no quería vivir. Ya no tenía sentido vivir. (Pausa.) Venia Pedro Pasambú, mi tío.

4- PEDRO PASAMBÚ:

Te gustaban los bananos manzanos y las mazorcas asadas y untadas de sal y de manteca.

5- LA MAESTRA:

Me gustaban los bananos manzanos y las mazorcas, y sin embargo, no los quise comer. Apreté los dientes. (Pausa.) Estaba Tobías el Tuerto, que hace años fue corregidor.

6- TOBIAS EL TUERTO:

Te traje agua de la vertiente de la que tomabas cuando eras niña en un vaso hecho con hoja de rascadera y no quisiste beber.

7- LA MAESTRA:

No quise beber. Apreté los labios ¿Fue maldad? Dios me perdone, pero llegué a pensar que la vertiente debía secarse. ¿Para qué seguía brotando agua de la vertiente? Me preguntaba. ¿Para qué? (Pausa.) Estaba la Vieja Asunción, la partera que me trajo al mundo.

8- LA VIEJA ASUNCION:

Ay, mujer. Ay niña. Yo, que la traje a este mundo. Ay niña. ¿Por qué no recibió nada de mis manos? ¿Por qué escupió el caldo que le di? ¿Por qué mis manos que curaron a tantos, no pudieron curar sus carnes heridas? Mientras estuvieron aquí los asesinos…

Los acompañantes del cortejo miran en derredor con terror. La vieja sigue su planto mudo mientras habla la maestra.

9- LA MAESTRA:

Tienen miedo. Desde hace tiempo el miedo llegó a este pueblo y se quedo suspendido sobre él como un inmenso nubarrón de tormenta. El aire huele a miedo, las voces se disuelven en la saliva amarga del miedo y las gentes se las tragan. Un día se desgarró el nubarrón y el rayo cayó sobre nosotros.

El cortejo desaparece, se oye un violento redoble de tambor en la oscuridad. Al volver la luz, allí donde estaba el cortejo, está un campesino viejo arrodillado y con las manos atadas a la espalda. Frente a él, un sargento de policía.

10- SARGENTO:

(Mirando una lista.) ¿Vos respondés al nombre de Peregrino Pasambú? (El viejo asiente.) Entonces vos sos el jefe político aquí. (El viejo niega.)

11- LA MAESTRA:

Mi padre había sido dos veces corregidor. Pero entendía tan poco de política, que no se había dado cuenta que la situación había cambiado.

12- SARGENTO:

Con la política conseguiste esta tierra. ¿Cierto?

13- LA MAESTRA:

No era cierto. Mi padre fue fundador del pueblo. Y como fundador le correspondió su casa a la orilla del camino y su finca. Él le puso nombre al pueblo. Lo llamó: “La Esperanza”

14- SARGENTO:

¿No hablás, no decís nada?

15- LA MAESTRA:

Mi padre hablaba muy poco. Casi nada.

16- SARGENTO:

Mal repartida está esta tierra. Se va a repartir de nuevo. Va a tener dueños legítimos, con títulos y todo.

17- LA MAESTRA:

Cuando mi padre llegó aquí, todo era selva.

18- SARGENTO:

Y también las posiciones están mal repartidas. Tu hija es la maestra de escuela, ¿no?

19- LA  MAESTRA:

No era ninguna posición. Raras veces me pagaron el sueldo. Pero me gustaba ser maestra. Mi madre fue la primera maestra que tuvo el pueblo. Ella me enseñó y cuando ella murió yo pasé a ser la maestra.

20- SARGENTO:

Quién sabe lo que enseña esa maestra.

21- LA MAESTRA:

Enseñaba a leer y escribir y enseñaba el catecismo y el amor a la patria y a la bandera. Cuando me negué a comer y a beber, pensé en los niños. Eran pocos, es cierto, pero ¿Quién les iba a enseñar? También pensé: ¿Para qué han de aprender a leer y escribir? Ya no tenía sentido leer y escribir ¿Para qué han de aprender el catecismo? ¿Para qué han de aprender el amor a la patria y a la bandera? Ya no tiene sentido la patria ni la bandera. Fue mal pensado, tal vez, pero eso fue lo que pensé.

22- SARGENTO:

¿Por qué no hablás? No es cosa mía. Yo no tengo nada que ver, no tengo la culpa. (Grita.) ¿Ves esta lista? Aquí están todos los caciques y gamonales del gobierno anterior. Hay orden de quitarlos de en medio para organizar las elecciones.

Desaparecen el sargento y el viejo.

23- LA MAESTRA:

Y así fue. Lo pusieron contra la tapia de barro, detrás de la casa. El sargento dio la orden y los soldados dispararon. Luego el sargento y los soldados entraron en mi pieza y, uno tras otro, me violaron, Después no volví a comer, ni a beber y me fuí muriendo poco a poco. Poco a poco. (Pausa.) Ya pronto lloverá y el polvo rojo se volverá barro. El camino será un rio lento de barro rojo y volverán a subir las alpargatas y los pies cubiertos de barro y los caballos y las mulas con las barrigas llenas de barro y hasta las caras y los sombreros irán, camino arriba, salpicados de barro.

FIN

LA AUTOPSIA

PERSONAJES:

  • EL DOCTOR
  • LA MUJER

Un consultorio médico.

  1. LA MUJER :

Aquí está el saco y la corbata.

  1. EL DOCTOR:

(Poniéndose el saco.) Bien.

  1. LA MUJER:

Como cualquier día.

  1. EL DOCTOR:

Ya sé que no es como cualquier día.

  1. LA MUJER:

Como cualquier cadáver.

  1. EL DOCTOR:

Ya sé que no es como cualquier cadáver. (Pausa.) Pero tengo que ir. Y hacerla. (Pausa.) ¿Quieres que no vaya? (Pausa.) ¿Quieres que renuncie?

  1. LA MUJER:

No sé. (Pausa.)

  1. EL DOCTOR:

Lo consentiste demasiado. Siempre lo consentiste demasiado.

  1. LA MUJER:

Ya se terminó. Ya no puedo consentirlo más.

  1. EL DOCTOR:

Parece que me reprochas algo.

  1. LA MUJER:

¿Yo?

  1. EL DOCTOR:

Si.

  1. LA MUJER:

¿Para qué? ¿Para qué serviría?

  1. EL DOCTOR:

Todo lo que he hecho es trabajar como una bestia para sostener este hogar y levantar ese hijo en la fe en Dios. En los más altos principios de la moral y la decencia.

  1. LA MUJER:

Así es.

  1. EL DOCTOR:

Por supuesto que es así. ¿Tienes algo que reprocharme?

  1. LA MUJER:

Nada.

  1. EL DOCTOR:

Cuando supe que no iba a misa y lo encerré a pan y agua, ¿quién saboteó el castigo? Una vez perdida la fe, somos presa fácil de las ideas más diabólicas.

  1. LA MUJER:

Era un buen muchacho. Si esas ideas entraron en él, fue justamente porque era un buen muchacho. Decía que no podía soportar la injusticia. (Pausa.)

  1. EL DOCTOR:

Hace mes y medio que le falta un botón a este saco y te lo he dicho por lo menos diez veces. Cómo querías salvar a tu hijo de las ideas diabólicas si ni siquiera te fijas en los botones del saco de tu marido.

  1. LA MUJER:

Se me pasó. Te lo pongo en un instante. (El doctor se quita el saco.) Y… ¿si no fueras? ¿Si no volvieras más?

  1. EL DOCTOR:

Tengo que ir.

  1. LA MUJER:

No es como todos los días.

  1. EL DOCTOR:

Ya sé que no es como todos los días.

  1. LA MUJER:

No grites. Los vecinos están pendientes de nosotros.

Sale la mujer. El doctor se para en los visillos de la ventana y mira hacia afuera. No se ha dado cuenta de que ella ha salido.

  1. EL DOCTOR:

Tengo que ir. Es mi trabajo. Tenemos que seguir viviendo, Ana. Tenemos que seguir viviendo. (Se vuelve.) Ana, Ana. ¿Dónde estás?

  1. LA MUJER:

(Entrando.) Fui a buscar el botón. Cálmate.

  1. EL DOCTOR:

Yo siempre he cumplido con mi deber. Justamente por eso, me ha ido mal en la profesión. Hubiera podido hacer como el Doctor Mella, abortos y porquerías de ésas. Cómo Vega, curar a medias. O como todos los otros.

  1. LA MUJER:

Nadie dice que no has cumplido con tu deber. Nadie dice. No me he quejado nunca (La ahogan unos sollozos.)

  1. EL DOCTOR:

No vuelvas a empezar. (Pausa.)

  1. LA MUJER:

(Por el botón.) Es un poquito diferente a los otros. Pero muy poco. No se nota. Mira.

  1. EL DOCTOR:

Está bien. ¿No hay de los mismos?

  1. LA MUJER:

No. Pero tendrían que fijarse mucho para notarlo. (Pausa.)

  1. EL DOCTOR:

Ahora sí estoy hundido profesionalmente.

  1. LA MUJER:

¿Por qué? Será como cualquier otro día. Como cualquier otro cadáver. Dirás lo que ellos quieran.

  1. EL DOCTOR:

¿Y qué quieres que haga? ¿Qué quieres que haga Ana?

  1. LA MUJER:

Habla bajo.

  1. EL DOCTOR:

¿Quieres que me eche el mundo encima? ¿Quieres que me lleven a mí también al matadero y que me metan un tiro en la nuca?

  1. LA MUJER:

No quiero que tú ayudes a decir que fue un bandido.

  1. EL DOCTOR:

Yo no ayudo. Yo simplemente digo… ¿Qué tengo que decir, Ana?

  1. LA MUJER:

No sé.

  1. EL DOCTOR:

Si digo que… que lo asesinaron, piensan en seguida que voy a decir: el de Zapata, el de Suárez, el del estudiante Sepúlveda, fueron simples asesinatos… ¿Y de qué serviría decirlo? ¿De qué? La prensa ya dijo lo que dice siempre.

  1. LA MUJER:

No hables tan alto.

  1. EL DOCTOR:

Mira, mira el periódico.

  1. LA MUJER:

Ya lo miré.

  1. EL DOCTOR:

Aquí está él y aquí está el hijo de Mella. Estuvieron juntos en el colegio. Pero el hijo de Mella es el inteligente joven Mella.

  1. LA MUJER:

Inteligente. Era el último de la clase.

  1. EL DOCTOR:

Y mi hijo era el primero. El más inteligente del colegio. Pero aquí está el retrato del hijo de Mella, en la página social, y aquí está el retrato de mi hijo, en la página de antisociales. El bandolero, el criminal, muerto en un encuentro con el ejército.

  1. LA MUJER:

(Arrebatándole el periódico.) Deja ese maldito periódico. Muerto en un encuentro. Asesinado en el calabozo. Le pusieron la ametralladora en la boca y le dispararon. Y tú irás ahora y harás la autopsia. Como siempre. Como todos los días.

  1. EL DOCTOR:

Baja la voz. (Pausa.) Ana, yo te pregunté la primera vez que lo hice. ¿Te acuerdas? Era un muchacho joven. El padre y la madre eran muy viejos. Tú no los viste, pero yo sí. Él se había puesto una ropa negra, de dril, brillante de tanto plancharla. Se había puesto corbata, pero estaba descalzo. La madre también. Estaban muy asustados. Preguntaron si podían llevarse el cadáver. El cadáver estaba lleno de plomo. Lo habían acribillado en un calabozo. ¿Te acuerdas, Ana? Y yo te pregunté a ti por la noche: ¿Qué pongo mañana en la boleta? Y tú te callaste. Y yo te dije: Si quiero conservar el puesto tengo que inventar algo… Y tú dijiste: No es fácil conseguir otro puesto ahora.

  1. LA MUJER:

Cómo podía yo saber…

  1. EL DOCTOR:

No te hago ningún reproche… (Pausa.) ¿Qué otra cosa podíamos hacer?

  1. LA MUJER:

Podrías no ir. No te pueden obligar…

  1. EL DOCTOR:

Sería darle la razón a él, ¿entiendes? Tengo que demostrar que no aprobaba sus ideas. Esas malditas ideas que tienen la culpa de todo.

  1. LA MUJER:

Para él existían otras cosas. Muchas cosas.

  1. EL DOCTOR:

¿Apruebas esas ideas, Ana?

  1. LA MUJER:

No. Estoy hablando de èl. No puedes negar que era bueno. (Llora.)

  1. EL DOCTOR:

Quería arreglar el mundo. El mundo no tiene arreglo. El mundo es un matadero, Ana. ¿Por qué estoy yo como estoy? ¿Por qué he llegado yo a lo que he llegado? Por honrado y recto. (Pausa.) Ana, no vuelvas a empezar. No podré aguantar si vuelves a empezar.

  1. LA MUJER:

Ya estoy bien. (Pausa.)

  1. EL DOCTOR:

Tienes canas. Te han salido canas en una noche.

  1. LA MUJER:

Ya las tenía.

  1. EL DOCTOR:

No. No las tenías. Tu pelo fue siempre tan negro.

  1. LA MUJER:

No te has dado cuenta. Han ido saliendo poco a poco. Los años.

(Pausa.)

  1. EL DOCTOR:

Eras linda, Ana. (Pausa.)

  1. LA MUJER:

Eso ya no importa.

  1. EL DOCTOR:

Y, quizás… yo no hice todo lo que tenía que hacer.

  1. LA MUJER :

Hiciste todo lo que tenías que hacer por nosotros.

  1. EL DOCTOR:

No, no lo hice, no lo hice.

  1. LA MUJER:

Baja la voz. Los vecinos están oyendo.

  1. EL DOCTOR:

¿Cuándo se hace todo lo que uno tiene que hacer?

  1. LA MUJER:

Has cumplido…

  1. EL DOCTOR:

¿Cómo se sabe lo que hay que hacer?

  1. LA MUJER:

Eres un hombre sin vicios. Has sido un buen marido, un buen cristiano, un buen padre.

  1. EL DOCTOR:

¿Sí?

  1. LA MUJER:

Si.

  1. EL DOCTOR:

¿Y… entonces? (Pausa.)

  1. LA MUJER:

Atravesamos un tiempo terrible.

  1. EL DOCTOR:

No fui capaz de separarlo de las malas amistades.

  1. LA MUJER:

No son malos muchachos… Simplemente han crecido en este tiempo.

  1. EL DOCTOR:

Lo consentiste demasiado.

  1. LA MUJER:

Era lo único que yo tenía.

  1. EL DOCTOR:

Y que ninguno de esos tipos, ninguno de los que le metieron esas ideas en la cabeza, se presente para el entierro.

  1. LA MUJER:

No creo que podamos evitarlo. Serán los únicos que se atreverán a acompañar el cadáver. Tus amigos no van a comprometerse. Pueden perder sus puestos.

  1. EL DOCTOR:

Vuelves con el puesto. De qué vamos a vivir si pierdo el puesto. ¿Qué voy a conseguir perdiendo el puesto? Él ya está muerto. Ya está muerto. Y no lo voy a resucitar perdiendo el puesto. Ni siquiera voy a conseguir que haya un poco de justicia, ni siquiera voy a conseguir que haya un poquito de comprensión. ¿Y para quién sería la justicia? ¿Para los otros? Y a mí me importaba él, solamente él.

  1. LA MUJER:

Baja la voz.

  1. EL DOCTOR:

¿Qué les importa a ellos? Ellos no pierden nada. No tienen nada que perder. Ni puesto ni nada. Son una manada de parásitos.

  1. LA MUJER:

Por favor, baja la voz.

  1. EL DOCTOR:

Y tú sigues con el puesto. El puesto. El puesto. Si quieres voy y renuncio ya mismo. Y que me lleven a mí también al matadero.

Suena el teléfono. Los dos quedan rígidos. Lo dejan sonar varias veces. El doctor hace amago de ir a responder, pero ella lo detiene con un gesto y se acerca al teléfono. Toma el auricular.

  1. LA MUJER:

Aló. Sí, sí está. (Tapa la bocina con la mano.) Es de la policía.

  1. EL DOCTOR:

(Le recibe el auricular.) Sí, soy yo. Gracias. Se lo diré. (Tapa la bocina.) Nos dan el pésame. Yo… yo estaba… listo para ir. Le… agradezco mucho. No sabe cuánto se lo agradezco. Era mi deber y estaba dispuesto a cumplirlo. No, no me felicite. El deber es el deber. Gracias. Hasta luego. Muchas gracias. (Cuelga.) Mi ayudante hará la autopsia. Me dan tres días de licencia. Sigo en mi puesto.

  1. LA MUJER:

Son muy amables.

  1. EL DOCTOR:

Siempre me tuvieron mucha estimación. Eso no se puede negar.

  1. LA MUJER:

Tú cumples con tu deber.

  1. EL DOCTOR:

Pero fuera de eso, me tienen una estimación especial.

  1. LA MUJER:

Así es. (Pausa.)

  1. EL DOCTOR:

Voy a arreglar el entierro.

  1. LA MUJER:

La corbata.

  1. EL DOCTOR:

(Se arregla la corbata.) Ana, ¿se darán cuenta del botón?

  1. LA MUJER:

Es casi igual. Tendrían que fijarse mucho.

  1. EL DOCTOR:

La gente se fija, Ana.

  1. LA MUJER:

Cuando regreses te lo cambio. Voy a buscar uno igual.

El doctor besa a su mujer y sale. La mujer se sienta, hunde la cara en las manos.

FIN

 

LA TORTURA

PERSONAJES:

  • EL VERDUGO.
  • LA MUJER.
  • DETECTIVE 1.
  • DETECTIVE 2.
  • DETECTIVE 3.

Alcoba – comedor con una puerta al fondo.

  1. EL VERDUGO:

(Sentado a la mesa, comiendo.) ¿Cuántos pares de medias gastas al día?

  1. LA MUJER:

(Que se está poniendo un par de medias.) ¿Por qué sales ahora con eso? A veces hago durar un par de medias una semana.

  1. EL VERDUGO:

Confiesa simplemente cuántos pares de medias gastas al día. Confiesa sin evasivas.

  1. LA MUJER:

Gasto lo que gasta cualquier señora. Si quieres, ando sin medias. No van a hablar mal de mí, sino de ti.

  1. EL VERDUGO:

No le des vuelta. Confiesa.

  1. LA MUJER:

Si quieres, te hago una lista de todo lo que me pongo con precios y todo. ¿Acaso yo te reclamo el dinero que gastas con otras mujeres?

  1. EL VERDUGO:

No estoy hablando de eso. Conozco el truco. ¡Yo las conozco bien a ustedes!

  1. LA MUJER:

¿A quiénes? (Pausa.) ¿A quiénes?

  1. EL VERDUGO:

La carne está dura. No le entra el cuchillo. Es una porquería.

  1. LA MUJER:

Si no fueras tan estúpido y exigieras más por el puerco trabajo que haces, podríamos comprar carne de primera. (Pausa.) ¿No tengo bonitas piernas? Si tuviera las piernas flacas y torcidas tendrías derecho a protestar. Ninguna de las mujeres de tus compañeros tienen unas piernas como las mías. El otro día las estuvimos comparando y las dejé boquiabiertas. Tu mismo jefe…

  1. EL VERDUGO:

¡Cállate! (Pausa.)

  1. LA MUJER:

Estás cansado.

  1. EL VERDUGO:

Tengo un trabajo duro. (Pausa.)

  1. LA MUJER:

Te preocupas demasiado.

  1. EL VERDUGO:

Si trabajara en una oficina, si fuera un maldito burócrata, no tendría que preocuparme. Pero a mí me entregan un tipo para hacerlo hablar. ¡Y yo tengo que hacerlo hablar!

  1. LA MUJER:

Si salieras un poco más conmigo…

  1. EL VERDUGO:

Tengo que hacerlo hablar. ¿Sabes lo que es eso?

  1. LA MUJER:

Podríamos repetir la luna de miel. Al fin y al cabo no llevamos mucho de casados.

  1. EL VERDUGO:

Tengo que hacerlo hablar. Solo sé eso. Que tengo que hacerlo hablar.

  1. LA MUJER:

Soy linda, ¿No es cierto?

  1. EL VERDUGO:

Si habla rápido, quedo todo loco. No sé qué hacer. Habla y habla, y yo le grito que hable, y él habla. ¡Maldito sea! ¡No le entra el cuchillo! En lugar de andarte pavoneando deberías preparar una carne que le entrara el cuchillo. ¿Para quién te pavoneas? ¿Hum? ¿Para el jefe? ¡Eres una mujer casada!

  1. LA MUJER:

¡Qué diablos te pasa hoy! (Pausa.)

  1. EL VERDUGO:

Me tocó un tipo duro. Un tipo más duro que un riel. (Por la carne.) Esto es un cuero.

  1. LA MUJER:

Si fuera para tener celos, debería tenerlos yo y no tú. Me han contado todas tus historias. Las de antes y las de ahora.

  1. EL VERDUGO:

No abrió la boca. (Por la carne.) ¿La compraste en la zapatería?

  1. LA MUJER:

(Riendo.) Te han llenado la cabeza de cuentos… Ese viejo baboso…

  1. EL VERDUGO:

¿Por qué no confiesas? (Por la carne.) La hubieras cocinado en soda cáustica. ¿Qué es lo que quieren? Los tenemos cercados, los conocemos a todos. ¿Es que no se dan cuenta?

  1. LA MUJER:

Ese viejo baboso puede ser todo lo jefe que quiera, pero a mí no me gusta.

  1. EL VERDUGO:

Le hicimos el tratamiento de las uñas y no hacía más que mirarnos. Nos miraba con ojos de vaca, de vaca degollada. ¡Todo ojos!

  1. LA MUJER:

No hagas ese ruido con el cuchillo. Me destempla los dientes.

  1. EL VERDUGO:

¡Todo ojos! Los ojos llenaban el cuarto.

  1. LA MUJER:

Aunque diga que te va a aumentar el sueldo. No me gusta.

  1. EL VERDUGO:

Le pusimos fuego en los pies.

  1. LA MUJER:

Siento mucho no poderte ayudar en eso, pero no me gusta.

  1. EL VERDUGO:

Le agarró un temblor. ¡Después de ese temblor, siempre hablan! ¡Y nada!

  1. LA MUJER:

No me gusta.

  1. EL VERDUGO:

Ni una palabra. Ni una maldita palabra.

  1. LA MUJER:

¡No me gusta! ¡No me gusta que hables de esas porquerías! (Pausa.)

  1. EL VERDUGO:

¡Ah! ¿No te gusta?

  1. LA MUJER:

No, no quiero saber nada de ese maldito oficio. ¿No eres capaz de hacer otra cosa? Hay muchos oficios en este mundo. ¿Por qué tenías que escoger el más asqueroso? Cuando nos casamos me dijiste que trabajabas con la policía. ¡Pero no me dijiste lo que hacías!

  1. EL VERDUGO:

Entonces, no te gusta el oficio.

  1. LA MUJER:

No. Me da asco. Me da vergüenza. No puedo…

  1. EL VERDUGO:

Confiesa, escupe todo.

  1. LA MUJER:

No puedo tener amigas.

  1. EL VERDUGO:

Pero amigos sí… Estoy bien informado. Sigue. Larga todo.

  1. LA MUJER:

No puedo mirar a nadie a la cara. Es como si tuviera una enfermedad.

  1. EL VERDUGO:

Si quieres llámalo enfermedad. Yo le llamo oficio. Putería.

  1. LA MUJER:

Y yo les quiero explicar que yo no tengo nada que ver, que a mí no me gusta lo que haces. Que no me gusta, que me repugnan esas porquerías.

  1. EL VERDUGO:

Pero te gustan tus porquerías. (Vuelca la mesa.) ¡Y te gusta la comida que se paga con mis porquerías! ¡Te gustan los vestidos comprados con mis porquerías! (Va al armario y comienza a romper vestidos, medias.) Todo esto sale de esa porquería. Por una uña arrancada de raíz cambiaron estos zapatos y estas medias por unas piernas mordidas con alicate. (Le arranca el vestido a ella.) Anda, anda desnuda donde el jefe. Puta, puta de mierda.

  1. LA MUJER:

Juan, estás loco.

  1. EL VERDUGO:

Tienes los ojos como él.

  1. LA MUJER:

Juan, soy yo.

  1. EL VERDUGO:

Los ojos como él. Como él. Todo el cuarto lleno de ojos. (Levanta el cuchillo del suelo.) ¿Es qué no es suficiente con las uñas? ¿Por qué no confiesas? ¿Por qué no dices todos los tipos que tienes? ¿Vienen aquí? ¿Lo hacen en esa cama?

  1. LA MUJER:

Juan…

  1. EL VERDUGO:

¿No es suficiente con las uñas? ¿No es suficiente quemarte los pies?

La mujer sale por la puerta del fondo y el verdugo la sigue. Oscuro. Al volver la luz, hay tres detectives en escena.

  1. DETECTIVE 1:

Parece que en los últimos meses se peleaban todos los días.

  1. DETECTIVE 2:

Dicen que ella tenía enredos.

  1. DETECTIVE 3:

Al jefe se le caía la baba.

  1. DETECTIVE 1:

Y el ascenso de Juan estaba listo. Lo iban a nombrar guardaespaldas de alguien importante. (Pausa Breve) Y que viaja mucho…

  1. DETECTIVE 2:

Pero… sacarle los ojos.

  1. DETECTIVE 3:

Han sido meses duros. Pero ya van cediendo. Algún día terminaremos con ellos.

  1. DETECTIVE 1:

Dios te oiga.

  1. DETECTIVE 2:

Pero sacarle los ojos.

  1. DETECTIVE 1:

Es un oficio de mierda. ¿Recuerdas a Pepe? Un día comenzó a vomitar todo lo que comía. Al fin vomitó sangre. Tenía una úlcera así de grande.

  1. DETECTIVE 2:

Pero Juan parecía acostumbrado. Juan era como el bizco. El bizco decía: es un oficio como la medicina o la carnicería. ¿Han visto ustedes que un médico o un carnicero honestos se enfermen de escrúpulos? Juan aguantaba cuatro y cinco sesiones y quedaba tan fresco. Salía diciendo chistes.

Entran dos detectives con el verdugo esposado. Cruzan la escena y salen.

  1. DETECTIVE 1:

¿Quién será el defensor?

  1. DETECTIVE 2:

El coronel Pérez. Lo sacará libre. Hará un formidable discurso sobre la infidelidad femenina.

Murmullos de multitud afuera y voces: “Despejen”, “Despejen”. Luego se oye partir un carro de policía.

  1. DETECTIVE 3:

Y el tipo aquél parece que no confesó nada.

  1. DETECTIVE 1:

Nada. Murió a la tercera vuelta sin soltar una palabra. Era para reventarle los nervios a cualquiera.

  1. DETECTIVE 3:

A Juan no. Fueron los celos.

  1. DETECTIVE 2:

Pero sacarle los ojos.

Entran dos enfermeros con una camilla.

  1. DETECTIVE 1:

Vamos, no puedo ver un cadáver.

FIN

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