De la criminalidad del pensamiento

1
Fiesta en Tlemecén – Bachir yellès – 1953

En su obra Del asesinato considerado como una de las bellas artes, Thomas de Quincey, el consumidor de opio inglés, alude la historia de Hassan ibn Sabbah, también llamado el viejo de la montaña. En la aurora del siglo XI, tal doctrinario de la antigua Persia, en su necesidad de consolidación de un ejército de incondicionales mercenarios, logró un método para crear los más feroces y desinhibidos soldados: tras invitar a su templo a modestos campesinos, tan ignorantes como buenos recogedores de trigo, les convidaba amplias dosis de hachís, que los inocentes hombres de campo tomaban con obediencia.

coherency
Coherencia – Faig Ahmed – 2016

Uno a uno, tras ingresar en hondos estados de alteración espacio-temporal, tras encontrar sus velocidades y lentitudes corporales ampliamente modificadas, los sujetos eran introducidos en salas ornamentadas con portentosos despliegues de excitantes sensoriales. Tapices multicolor ondeantes por el viento de los rosetones, que les daba el carácter de suntuosas caricias sugerentes y vivas, fundían serenamente el cuerpo con el alma. Inciensos y perfumes apelativos, odaliscas voluptuosas cuyos masajes conducían al buen campesino a umbrales de su carne jamás antes sentidos, creaban estremecimientos burkianos. Las altas dosis de hachís, sobra decirlo, potenciaban las facultades de estos grados de elevación mundana, allá donde lo sagrado y lo profano se trenzan en bodas luciferinas.

A la mañana siguiente, los individuos despertaban, y uno por uno recordaban atónitos sus sensaciones pretéritas: – “¿fue todo un sueño”? “¿Dónde, si estuve en algún lugar, experimenté a Dios?” Y Sabbah respondía: – “Ciertamente es un pedazo del cielo de Al-lāh el que has experimentado, y cuando mueras, es exactamente allá, a tal paraíso de la sensación, al que arribarás”. El campesino alucinado, deseaba pues morir cuanto antes; su vida cotidiana la entendía ahora como imposible y miserable. El viejo de la montaña le daba una opción: – “Únete a mi ejército. Te daré un sueldo. Vivirás mejor de lo que lo haces ahora. Y si mueres por guerreros enemigos, te irá mejor aún, pues ya conoces un poco, un mínimo, del paraíso que te aguarda”.

El nuevo soldado devenía así un hachisino consumado, pues gracias al hachís y sus promesas palpables, lograba las agallas de asesinar a cualquier sultán o gran Cadí de Estado, incluso en sus mayores y más estrechos círculos de protección. Mercenarios sin miedo a morir, por el contrario anhelantes de la muerte, llegaron a ser capaces de apuñalar sin temor ni temblor desde una absoluta cercanía a los enemigos de su Señor. La palabra hachisino, por cadencia eufónica, progresó en asesino, considerada como un arte por el excelente y depurado montaje estético, escénico y compositivo que le daba solidez y efectividad. Siglos después, Thomas de Quincey resemantizó el tiempo de los hachisinos, dándole al concepto de crimen un sentido creador: la criminalidad del pensamiento con respecto a las opiniones estólidas y putrefactas…

religie
Caligrafía Chiíta que simboliza a Ali como el Tigre Dios.
Anuncios

Comenta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s