Germán Castro Caycedo: El gran Cronista.

Germán Castro Caycedo nacido en Zipaquira en  1940. Con una larga trayectoria periodística uno de sus trabajos destacados aparte de sus publicaciones fue participar en el programa televisivo Enviado Especial, espacio de investigación de la televisión colombiana en periodismo de profundidad y denuncia, ha sido reconocido con diferentes premios nacionales e internacionales por sus publicaciones.

En el año 2015 el investigador Eduardo Márceles Daconte escribió un articulo para el tiempo el cual llama: La crónica: un periodismo hijo de la novela, es casi una tradición dar hijos a la novela como madre fundadora de la literatura contemporánea, y es una posición generalizada que resume y empata muy bien con el “repotaje” nacido en otras tierras y a su vez dar fuerza de la idea americana que los fundadores de estos trabajos investigativos tiene que ver con la fundación del “nuevo periodismo” norteamericano. Compartimos con ustedes la opinión de Germán Castro Caycedo.

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Imágenes de archivo – Isa López Giraldo – 2015

18 de febrero de 2015

El pasado jueves 22 de enero me causó extrañeza leer en EL TIEMPO, “La crónica: un periodismo hijo de la novela”. Es que jamás en mi vida había escuchado esta maravilla, que borra de un golpe cinco siglos de historia. Según aquello, se iría al diablo eso de que la crónica llegó a América comenzando el año 1500 gracias a los cronistas de Indias que vinieron con los conquistadores.

En contraste, la primera novela moderna, ‘El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha’ apareció inicialmente en 1605. Eso demostraría –según el investigador y catedrático Eduardo Márceles Daconte, que escribió aquello–, demostraría, digo, que la hija viene a resultar 100 años mayor que su propia madre.

Pero, además, leí en ese artículo que mi oficio era “el periodismo literario”, cuando yo jamás en mi vida he hecho aquello, porque aquello no ha existido ni existe en Colombia. “Periodismo literario” es algo que inventaron en Miamí (así, con acento en la segunda í).

Es que aquí tampoco existe ni ha existido “Periodismo narrativo”, como lo dice el catedrático (¿qué es eso?). Ni mucho menos ha irrumpido un “Nuevo” periodismo. ¿Cuál es ese? ¿Qué tiene de “nuevo”?

En el mismo orden, aquí jamás se han escrito reportajes.

El cuento del reportaje es que un mestizo bogotano, como lo somos casi todos, fue a París a finales de los años sesenta, escuchó la palabra ‘reportage’, y dijo:

–En Colombia no debemos volver a decirle ‘crónica’, porque van a creer que todos los colombianos somos unos indios. Digámosle ‘reportaje’.
Los cronistas de Indias presentaron una visión muchas veces exagerada de América, que los artistas de la época retomaron.

Por prudencia no cito su nombre.

Año 1500. Cronistas de Indias:

Nuestro investigador debería detenerse, por ejemplo, en fray Bartolomé de Las Casas, Cesáreo Fernández Duro, Juan de Escalante de Mendoza, Gonzalo Fernández de Oviedo, fray Pedro Simón, Antonio Pigafetta, Bernal Díaz del Castillo, Martín Fernández de Enciso, Rodrigo Fernández de Santaella, Francisco López de Gómara, Gaspar de Carvajal o, para abreviar, en fray Antonio Vázquez de Espinosa.

Este carmelita relata el naufragio de un buque que, regresando a España, en cercanías de Cádiz se fue al fondo del mar porque las ratas perforaron su casco.

Es que el tratadista de aquel jueves tampoco le da importancia a alguna de las magníficas crónicas de Alejandro Malaspina y de muchos otros cuyo oficio permitió el verdadero nacimiento de América ante el mundo.

Evolución

Esa crónica periodística ha evolucionado a través de los siglos. Un hito podría ser, por ejemplo, Alberto Urdaneta, 1881-1888, un poquito anterior a Tom Wolfe con el cual nada tiene uno que ver, aunque traten de imponerlo como uno de nuestros faros.

Como contraste, aquel jueves fueron ignorados, por decir algo, los grandes cronistas colombianos de los años treinta en adelante: José Joaquín Jiménez, Ximénez, es uno de ellos (‘Las famosas crónicas de Ximénez’).

Es necesario buscar las crónicas del maestro Germán Pinzón, para mí, el más importante del siglo pasado en Colombia, años cincuenta en adelante (Los Cantrell, Reportero hasta morir):

“El hombre no es capaz de pintar un toro. En cambio, los toros se han ido pintando en él. Comienzan junto a la boca. Una cicatriz amarilla para recordar que fue roja, con ese lujo de la sangre, tan pictórico. Y ya bajo la camisa, entre los pelos del vientre, borrando el ombligo, esa maraña de costurones es el retrato completo del toro. Arte abstracto de los cuernos, resbalones de la muerte. Y no es figura animal sino humana la que nos mira desde ese autorretrato que los toros se han ido haciendo en el matador Palomo Linares” (1967).

También, Luis de Castro, Felipe González Toledo, Marco Tulio Rodríguez, (‘Municipios olvidados’), Germán Vargas Cantillo, Camilo López, Álvaro Cepeda Samudio, Henry Holguín, Alfonso Fuenmayor, Germán Santamaría, Ernesto McCausland, Pedro Claver Téllez, Juan José Hoyos, Javier Ortiz, Joaquín Mattos, Adlai Stevenson, Andrés Salcedo González

Abreviando, Eduard Soto y Marisol Gómez, hoy en EL TIEMPO, para convencernos de que no es necesario buscar en Miamí. Somos otro ámbito. Otro mundo en materia de periodismo. O de crónica que, repito, siempre ha sido un pilar muy importante del periodismo y, por favor, jamás, nunca, “una hija de la novela”. ¿De la novela de quién? ¿De cuál?

Crónica es narrativa no-ficción

Se cuenta utilizando una técnica según la cual se trata de no inventar, ojo, no inventar ni una sola coma. La imaginación aquí no se emplea para concebir situaciones ni personajes. No. Se apela a ella para planificar a fondo cada investigación y obtener como resultado un superávit de información.

En periodismo es imperante investigar exactamente en el sitio en el cual ocurren las cosas, porque Colombia somos varias naciones culturales diferentes en las cuales resultan distintos, por ejemplo, el lenguaje, el culto a la muerte, la comida…

Y en la narración periodística se trata, entre muchas otras cosas, de alcanzar un buen ritmo según uno ubique los clímax, utilizando recursos como los “tiempos recuperados”, no los flashbacks. Eso es en Miamí.

Yo le ruego al investigador de aquel jueves tomar nota de que mis historias no son ninguna “síntesis entre novela y crónica”, ¡por favor!

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Al filo de media noche – 1982

Desde un comienzo he tenido el rigor que impone la realidad. Mis libros incluyen no solo nombres propios sino fotografías de los personajes, de los lugares, mapas precisos, reproducción facsimilar de documentos o de titulares de prensa, en un esfuerzo por manejar la realidad cada vez con más precisión, y desde luego, mayor equilibrio.

Pero sucede que en Colombia nuestra realidad supera muchas veces a la ficción.

Y también, jamás en mi vida, jamás, he limitado el relato a un solo personaje. La base del equilibrio en una crónica es lo contrario.

Pero tampoco “imito el estilo coloquial de un entrevistado”, porque lo transmito tal cual es: desde siempre he grabado. Grabo las diferentes entrevistas que hago con cada personaje, las transcribo, elimino subtemas o digresiones. Transcribo yo mismo, principalmente en busca de aprenderme cada historia y, desde luego, de plasmar los diálogos exactos, entre otras cosas para lograr parte del desarrollo de los caracteres psicológicos de la personalidad de cada entrevistado.

Bueno, y permítame recordarle que Oscar Lewis no fue un cronista. Sus textos, incluyendo ‘Una muerte en la familia Sánchez‘ son registros antropológicos.

Ahora: ‘Perdido en el Amazonas‘ –el primer relato no-ficción que se publicó en este país– no es “la narración de unas peripecias de colonos”. Es la historia real del exmarinero Julián Gil Torres, que, buscando a una tribu desconocida, desapareció para siempre kilómetros al Occidente de La Pedrera. (Ríos Puré y Bernardo).

El libro incluye fotos de Gil, de la patrulla de Infantería de Marina en plena selva cuando infructuosamente fue a buscarlo. También de una maloca (vivienda) en la manigua, diferente a lo identificado en ese medio, y ante todo, de algunos indígenas de aquella tribu, desconocida hasta entonces.

Y ‘Mi alma se la dejo al diablo’ –el segundo relato no-ficción publicado en Colombia– presenta en sus dos primeras páginas la impresión facsimilar de la letra del muerto en su testamento, cuando, ya delirante, escribió aquello: Mi alma se la dejo al diablo.

Ese libro no menciona para nada “minería clandestina”, porque allí no la ha habido ni la hay ¿En busca de qué? Ese es un hecho de hoy, cuarenta años después y en otras zonas del país. El investigador del jueves debería, por lo menos, ojear estos libros.

El escenario de esta crónica era un coto de caza. Y el campamento donde se alojaba el protagonista de la historia no era “un lugar inhóspito”.

Finalmente, le ruego, le encarezco, le pido el favor de que no me clasifique como autor de “una síntesis entre novela y crónica”, porque durante toda mi vida he tenido muy claro que eso, además de trampear, significa mediocridad.

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El Alcaraván alza vuelo

Cronista: una lástima que el profesor Márceles Daconte no lo señale: la crónica es el género mayor del periodismo porque se trata del resultado de una investigación a fondo en cada tema. Debe dar noticia. Incluye entrevistas, descripción de lugares y situaciones, cronología, o mucho mejor, manejo del tiempo dramático y del tiempo de época. Debe acoger las diferentes versiones en torno a un hecho. Debe narrarse con base en una estructura (lineal o secuencia rota). Debe manejar el factor sorpresa para asegurar suspenso…

Y, desde luego, tiene obligatoriamente que escribirse basada en un trabajo de campo amplio.

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GERMÁN CASTRO CAYCEDO

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