Cartas desde el Infierno

PROLOGO

El día 23 de agosto de 1968 me fracturé el cuello al zambullirme en una playa y tocar con la cabeza en la arena del fondo. Desde ese día soy una cabeza viva y un cuerpo muerto. Se podría decir que soy el espíritu parlante de un muerto. Si hubiese sido un animal, habría recibido un trato acorde con los sentimientos humanos más nobles. Me habrían rematado por que les habría parecido inhumano dejarme en ese estado para el resto de la vida ¡A veces es mala suerte ser un mono degenerado! Dicen los técnicos de la medicina y se lo confirman políticos, jueces, juristas y demás castas asociadas para formar el inhumano estado de derecho y bienestar- seria más coherente llamarle del revés y malestar-, que un tetrapléjico es un enfermo crónico. Si se utilizase el lenguaje con precisión, sería menos engañoso afirmar que un tetrapléjico es un muerto crónico. ¡No me gusta hacer el papel de muerto crónico en esta comedia del vivir para sobrevivir en función de la picaresca del lenguaje técnico! Considero que un tetrapléjico es un muerto crónico que tiene su resistencia en el infierno. Allí-con el fin de evitar la locura- hay quien se entretiene pintando, rezando, leyendo, respirando o haciendo algo por los demás. ¡Hay gustos para todo! Yo me he dedicado a escribir cartas. Cartas desde el infierno.

Que nadie busque una línea metódica en esos escritos. Todos son como variaciones sobre un mismo tema. Una idea sola. Una sola pasión. Me interesan, sobre todo, la libertad del ser humano y todo cuanto gire al alrededor de la vida, el amor y la muerte. Así como los tres sentidos que psicológicamente determinan nuestra existencia, las creencias, el pensamiento y la conducta: el placer, el dolor y el temor. El día que la ciencia dio por imposible curarme la parálisis, pensé, con la desesperación del animal atrapado en la trampa infernal de algún cruel y despiadado cazador, en la bondad de la muerte. ¡La caridad bien entendida comienza por uno mismo! Pero este principio moral parece que sólo lo entienden políticos, jueces, religiosos, médicos, cuando se trata de aumentar sus salarios para cobrar el bien que hacen por la humanidad. Al principio, solo piensas en liberarte. Sólo hay dos alternativas: convertirte en un ser absurdo, ser lo que no deseas ser, un habitante del infierno; o ser coherente con la utopía de la vida. Liberarse del dolor, buscar el placer a través de la muerte. Me decidí por la liberación, no como lo negativo sino como lo positivo: buscar algo mejor. Lo primero que expresaron mis padres cuando les dije que deseaba la muerte fue que ellos me preferían así perderme para siempre. No hay forma de escapar, la gente no quiere tocar el tema. La ley prohíbe. Y el ¡yo no soy capaz de prestarle la ayuda que me pides! Prevalece como la voluntad de una ley invisible sobre la personal. Ésa fue la primera vez que me encontré con el muro impenetrable del paternalismo bienintencionado. No quiero decir que mis padres familiares y amigos no sientan lo que afirman, lo que digo es que no tienen el derecho de que prevalezca su deseo y voluntad sobre los míos. A principios de 1990, consigo la colaboración para una eutanasia discreta. Pero ante la evidencia, sale a relucir el autoritarismo. Entonces, ya no es: ¡yo no puedo!, ¡A mi no me lo pidas!, Sino: ¡Yo no quiero!, ¡Yo lo prohíbo!.  Acudí entonces a los jueces y sucedió otro tanto: <<yo no soy competente>> o la falta de forma. Al final, el insulto de los dogmáticos fundamentalistas de la creencia ciega en el sufrimiento purificador: ¡Cobarde, si quieres morirte muérete, pero déjanos en paz y no ofendas a Dios!

Parece que nunca se les ocurrió pensar que ellos son el fracaso de la razón, y no yo. En abril de 1993 tomé la determinación de reclamar la eutanasia como un derecho personal. Nunca me había imaginado tanto terror y supersticiones ocultas. Parece como si se hubiesen conjurado todos los necios de la tierra para hacerme desistir de seguir por ese camino. Según ellos, voy errado. No me guía otro interés que el de mostrar que la intolerancia del Estado y la religión son como una idea fija. Son los enemigos naturales de la vida y los responsables de la destrucción del hombre como individuo. Dice uno de sus colaboradores: esto es nuestro fracaso, no supimos darle motivos para vivir. Unos se sienten ofendidos porque rechazas el ofrecimiento de la protección de su dios. Los otros, porque les desprecias sus paliativas e inútiles ciencias. Después de haber oído cosas tan absurdas como las siguientes, solo nos queda escribir Cartas desde el infierno.

¿Quieres sanarme?, Pregunta uno. Claro que sí, respondo. Pues ruégale a Dios, que si lo haces de verdad te sanará. Pero, si Dios ya sabe que lo deseo de verdad, ¿Por qué tengo que pedírselo? Yo te aprecio mucho, dice alguien. ¿Me crees? Sí, ¿y que tiene que ver que me aprecies mucho o muchísimo, y yo también a ti, si eso no cambia la realidad? Tú renuncias a vivir. Eres negativo, destructivo, asegura el sabiondo. Esta mentalidad entre dominante y lacayuna resulta tan ridícula que sólo a un ser absolutamente degenerado puede resultarle natural ese comportamiento humillante. ¡Si no fuese por vuestras taras, no seríais lo mismo! ¿Serías tú lo mismo si no fueses tetrapléjico? ¿Habrías reflexionado sobre las mismas cosas? Claro que no, el individuo es siempre él y sus circunstancias. Pero si necesitas la visión, o vivencia, del horror para elevarte y crecer espiritualmente, humanizarte y ser ética y moralmente superior, mírate a ti mismo. Tú puedes estar incapacitado para amar, pero no justifiques por ello el horror de los demás. ¡Para entender el dolor no es necesario vivirlo! ¡Solo una garrapata se le ocurrirá decir que el deber de su perro es sufrir! El autoengaño del ser humano ante la muerte lo ha llevado a tan sin razón que la niega racionalmente. No se le enseña el sentido de la muerte. Y la estrategia dominante de los maestros se ha convertido en una forma de cultura parasitaria. Está bien que alguien no quiera oír hablar de la muerte, pero hacer creer que la persona, o personas, que piden el derecho a decidir el final de sus vidas, lo que en realidad están pidiendo es que les demuestren cariño, sólo pone de manifiesto que son los maestros del engaño los que se están engañando a sí mismos. Lo que éticamente cabría hacer seria concederle a cada persona la libertad que reclama. Es decir: pedid y se os dará. Si llevan a cabo lo que dicen desear, no hay autoengaño, y si no lo hacen, sí. Esta sería la única forma de no manipular la verdad. De no crear infiernos desde donde la única libertad que nos queda es la de escribir cartas, que pueden ser dramáticas y aterradoras u optimistas y de autoengaño. Y así el condenado se distrae pensando que el infierno, a pesar de todo, no se pasa tan mal.

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LOS ENSUEÑOS

Mar adentro, mar adentro,
Y la ingravidez del fondo,
Donde se cumplen los sueños,
Se juntan dos voluntades
Para cumplir un deseo.

Un beso enciende la vida
Con un relámpago y un trueno,
Y en una metamorfosis
Mi cuerpo no era ya mi cuerpo;
Era como penetrar al centro del universo:

El abrazo más pueril,
Y el más puro de los besos,
Hasta vernos reducidos
En un único deseo:

Su mirada y mi mirada
Como un eco repitiendo, sin palabras:
Más adentro, más adentro,
Hasta el más allá del todo
Por la sangre y por los huesos.

Pero me despierto siempre
y siempre quiero estar muerto
Para seguir con mi boca
Enredada en sus cabellos.

LA FELICIDAD DE UN MUERTO

Entre locos anda el Juego de la vida, o de vivir. ¿Qué papel prefiere usted, el de muerto o el de loco? El de muerto, que es más digno, por favor.
Es tan hermoso no necesitar nada. Ser como una planta a la que hay que regar y hablarle solamente. O como el muerto a cuyo recuerdo llevan de vez en cuando flores a su tumba, sin necesidad de mostrarse original cumplidor de las sociales reglas. Y sin la perentoria necesidad de tener que buscar la diaria pitanza como un vulgar mortal.

Contemplar la locura que se asienta en el alma como un martillo golpeando sin causarnos dolor, porque ya está el cuerpo tan entumecido que no siente nada. Embrutecer la mente hasta llegar a ser como piedra. Hasta decirles a los verdugos: gracias por cumplir con vuestro deber de hacer el reparto de papeles en esta comedia. Es hermoso no necesitar nada, ni crear nada, ni pensar nada, es hermoso estar loco e imaginarse que los locos son los cuerdos; que ellos están más locos que yo, y sin embargo me tienen lástima. Es hermoso sonreír y decir que vivir es hermoso, porque lo dicen todos y no quiero llevarles la contraria. A los locos no se les contradice, se ponen violentos.

Es hermoso este juego de jugar a ser locos y a muertos en el que nadie quiere hacer de loco ni de muerto en el reparto. La locura tiene fuerza dramática. Hacer bien el papel de loco pacífico y alegre es muy difícil, pues es cuestión de sonreír y decir siempre: estoy bien, gracias. El de muerto es muy fácil, no hay que decir nada. Nadie se lo cree, ni quiere el papel, pero el juego divierte. Tiene gracia. Es hermoso, tan hermoso, ser estúpido y que nos disculpen y nos mientan afirmando que es muy necesaria nuestra estupidez porque desempeña una función social de gran utilidad y responsabilidad. Que por eso disculpen nuestra vulgaridad con sonrisas.

Es hermoso este juego hipócrita de jugar a decir lo que no sentimos. Es hermoso estar confortablemente muerto rodeado de vivos: porque uno mismo puede contemplar su propio entierro. Es hermoso, tan hermoso contemplar a todos los locos en mi entierro mientras me pregunto:¿dónde estará el muerto?

A MI HIJO

Perdóname, hijo, por no haber nacido.
No fue culpa mía el dejarte atrás.
Yo besé las flores que hallé en mi camino.
La culpa la tuvo el verbo pecar.

Yo te he visto sonriendo en aquellos ojos
Que me contemplan asombrados e inquietos,
Pero siempre se interpuso entre nuestros deseos
El tabú…pecado. Yo no tuve la culpa,
Fueron las rosas las que tuvieron miedo.
Tal vez para protegerte, inconscientemente, del infierno.

Perdóname por no haber podido jugar contigo.
Siento mucho que no me dejen volver atrás.
No sé si habrás nacido después de pasar yo.
No importa. Recuerda siempre que te sigo queriendo.

Dale un beso a tu madre de mi parte.
Y no me guardes rencor, odiar no es bueno.

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REGRESEMOS

Regresemos siempre adonde el deseo quiera conducirnos,
Ahí siempre es el centro. Ahí nace el principio y el término.

Yo soy siempre el centro.
Mi pensar se expande como el universo en toda dirección.
Salgo de mí mismo y a mí mismo vuelvo.

En cada retorno vengo más perfecto, revitalizado, ni malo ni bueno.
Regresemos siempre a comenzar de nuevo,
Para comprobar si el deseo es cierto.
Reiterando siempre el mismo proceso,
Hasta conseguir un solo elemento.

En cada regreso de muerte y de vida queda en la materia un prejuicio menos.
Regresemos, porque en cada vuelta queda un error menos.
Regresemos siempre, hasta conseguir ser tan sólo buenos.
Sin rencor, codicia ni resentimientos.

Ramón Sampedro 1943 -1998

Texto completo: Cartas desde el infierno

Imagen de portada: Michael Manomivibul

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