Una Joya en la UN: La colección Pizano.

 

La colección Pizano de grabados consta de 1598 piezas. entre las que se encuentran reproducciones y calcografías de obras de Rembrant, Durero, Piranesi, Rigaud, Así como reproducciones de pinturas de Delacroix, Da Vinci entre otros.

La gran mayoría de obras provienen del taller de calcografía del Louvre, del British Museum y de la casa de impresión del antiguo Reich aleman (Reichsdruckerei). fue traída a Colombia a mediados de 1920, bajo iniciativa del artista Roberto Pizano, director de la Escuela de Bellas artes de Bogotá.

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La colección de la UN también cuenta con 289 piezas de arte colombiano entre dibujos y grabados de artistas como Nirma Zárate, Taller 4 Rojo, Antonio Caro, Beatriz Gonzalez, Umberto Giangrandi, Mariana Varela, Luis Paz, MIguel Ángel Rojas, Luis Angel Rengifo, Martha Granados, Juan Antonio Roda, entre muchos otros.

Ademas en esta colección existe un número considerable de yesos que compró en los talleres de reproducción de europa que corresponden a diferentes periodos históricos y a diferentes culturas que podrían agruparse en cinco conjuntos: 1. Egipto – Asiria- Persia, 2. Grecia – Roma, 3, Arte Gótico y Románico, 4. Renacimiento, Barroco y Manierismo, y 5. Neoclasicismo, Romanticismo y Arte Moderno. Una joya en Bogotá de la historia del arte entre las colecciones existentes en la capital.

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Rafael Maya en la inauguración del Museo de Bellas Artes y exhibiendo estas mismas piezas la noche del 9 de abril de 1930. Declamo este discurso a sus anfitriones:

“He aquí realizado el sueño del maestro. Erguidas están, y juntas como en un simulacro de discusión platónica, las blancas esculturas arrancadas al sueño de la cantera maternal por el relámpago del genio. Estas piedras talladas son la historia del pensamiento humano, en la más bella forma de su desarrollo universal, desde que el ibis rojo se posaba en el lomo de la esfinge hasta que el heredero de Miguel Ángel modeló al esenio bárbaro, que comía langostas y habitó en el desierto como los leones.

Aquí podéis contemplar al sacerdote asirio, de barba crespa, o al matemático caldeo, que, erguido en su torre de ladrillo, midió la noche de los tiempos al paso de las constelaciones que rodaban sobre el cuadrante eterno. Aquí está el príncipe egipcio, fino como el halcón, dispuesto a ser encerrado en su estuche de oro para bajar a la cámara mortuoria. Aquí están los combates faraónicos y las cacerías del fabuloso Asurhanipal, cuyo carro estaba tirado por felinos.
Es un mundo hierático que preside la bestia mitrada, con sus garras que están guardando la llave de la muerte. (…) Permitidme, en cambio, que para llenar ese vacío y antes de que esta sala recobre su silencio, animado solo por la respiración de los genios dormidos, os evoque al maestro y amigo una vez más, cuando ya sobre sus párpados había descendido la gracia del sueño.
En las primeras horas de aquel día que de entregarlo a la tierra, yacía Pizano en una sala de su retiro campestre, vestido para el sepulcro. Las ventanas estaban abiertas hacia el campo. No lo podremos olvidar nunca quienes estuvimos allí, porque la escena era dulce y solemne como la Anunciación de Fray Angélico. Todo era silencio. De súbito, como se difunde la música tras de los cuatro golpes secos que da el director, y primero es una insinuación melódica y luego estalla en las voces y sube el torbellino de los cobres, así mismo comenzó a amanecer, con un vapor rosado que empañaba los cerros y que, más tarde, contagió la sabana de una lánguida coloración a través de la cual volteaba la niebla, desperezándose lentamente como un mundo difuso donde se agitasen todos los sueños de la Tierra.
Amaneció por fin, y la vasta sabana se tendió como un piélago dorado, estremecido de finas vibraciones bajo el influjo de la luz. Solo los sauces cortaban la ondulada extensión, peinando sus cabelleras vegetales para recibir la corona del día. Ese mismo paisaje lo había contemplado Pizano muchas veces, cuando solía recostarse frente a la ventana por donde le entraba el aliento de la tierra húmeda, el olor de la hierba, la fresca respiración de la llanura. Quizás en sus horas de fiebre, vio pasar en galope tendido, a Gregorio Vázquez que iba detrás de una liebre con su capa corta y su sombrero de plumas. Entonces él levantó la mano para saludar al remoto compañero de genio y ese acaso fue tu último movimiento aquí en la Tierra, ¡Oh maestro Pizano! ¡Oh amigo inolvidable!”.

Referencias

Textos museográficos Universidad nacional cuarto piso sede Bogotá 2017

El Legado de Pizano: Testimonios de una colección errante 2009 UN

La Colección Pizano Historia Olvidada de un peregrinaje Christian Padilla 2007

Discurso Lecturas Dominicales de El Tiempo No. 341, 20 de abril de 1930.

Colección Pizano Catalogo: Grecia y roma

 

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