PAJARITOS DE PAPEL

El Juan andaba raro. Apenas si dormía de noche y de día se mostraba alejado de todo. Trabajaba en la carpintería como un autómata y ya no disfrutaba del aroma dulce de la madera como lo hacía antes. Tampoco disfrutaba de las tardes de mate con la mozuela de Madame Ivone. Las noches eran largas e indiferentes. Pasaba los atardeceres a la orilla del río, junto a su caballo que parecía ser su único amigo

Una mañana llegó a la carpintería el ciego que habitaba en los galpones de la estación de tren. Necesitaba un bastón nuevo, el que tenía ya estaba viejo, quebrado y encolado. El Juan levantó la cabeza y lo saludó en vos baja.

-¿Qué le anda pasando mi amigo? Lo veo mal —dijo el viejo.

-¿Me ve mal? —respondió el Juan con tono irónico— Que será uste brujo.-

No, no soy brujo m’ijo —explicó el viejo— Cuando habla el corazón, se nota… ¿sabe?, y uste está hablando desde dentro. Desde un infierno que no lo deja vivir en paz.

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El Juan no respondió. Simplemente escuchó el pedido del ciego y continuó con su trabajo. Las horas pasaron rápido. La mozuela lo esperaba para almorzar. Así que a las doce montó su caballo y rumbeó lento para la casa.

Al llegar, el silencio salió por el zaguán a recibirlo. No se sentía el olor a comida, ni se escuchaban los ruidos del choque de platos y ollas, como todos los mediodías.

Entró. La mozuela no estaba en la casa. La única huella que había dejado la mujer fue una carta prolijamente doblada sobre un plato. El Juan la desdobló y de manera lenta comenzó a leer: “Juan perdoname, pero no me puedo quedar más acá. Me siento encerrada en esta casa vacía. No me busqués Juancito, porque no sé dónde voa ir.  Vos sos un buen hombre y yo te quiero, sí de verdad te quiero, pero me parece que no sirvo pa esta vida e señora. Por los dos va a ser mejor que me vaya. Cuídate. La Marlena”.

Las manos del Juan se aflojaron y la carta tomó un vuelo lento hasta caer al piso y rodar en garabatos. Se quedó allí  parado, sin poder reaccionar. Con las manos caídas  y los dedos apuntando al piso. Y con la angustia de lo que quizás hizo y la incertidumbre de lo que podría haber hecho. Allí estaba, parado aguantando el peso de su confusión, de la ira que no estalla y de la calma que explota. Las horas se desprendieron sobre él. Al atardecer le cayó la noche y el brillo de la luna alcanzó la punta de sus pies. Perdido entre las sombras miró al frente. Su primera imagen fue un paraíso. Viejo. Fuerte. Inmenso. Y se le hizo aun más viejo, más fuerte y más inmenso al recordar las tardecitas de mates y promesas, que bajo el árbol, él y la Marlena habían compartido. Trató de buscar esas tardecitas. Se preguntó dónde estarían aquellos ratos de amor eterno, con besos de galletas dulces y saltitos de gorrión capturando migas. Acaso se los había llevado ella, porque al árbol ya no lo veía igual. Ahora era solo eso, un árbol. Con la vista al frente, el andar tambaleante y los dedos de las manos aún apuntando al piso, caminó hacia fuera de la casa. El paraíso le interrumpió el paso. Quedaron frente a frente.-

-¿Por qué me dejó? Decime vos qu’estabas todo el día con ella ¿por qué me dejó?

El silencio retumbaba en sus oídos. Sus manos se convirtieron en puños que golpeaban el tronco.

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-¡Respóndeme carajo! —gritaba el Juan una y muchas veces. Y sus puños empezaron a sangrar. Y su sangre corrió por los surcos de la corteza del paraíso hasta la raíz y allí se mezclaron con la tierra y el Juan empezó a perder fuerzas y de a poco dejó de dar puñetazos y entonces sus ordenes se convirtieron en suplicas.

-Por favor decime dónde está. Por favor…

Se abrazó al tronco y se dejó caer de rodillas. Pegó su cabeza al árbol, sin dejar de abrazarlo, y sus lágrimas se mezclaron con la sangre caída. La luna se escondió detrás de las nubes espesas, grotescas. Las gotas de rocío cayeron en forma de agujas de tiempo sobre el Juan. Y dolían. Pinchaban su piel y penetraban en su carne. Despiadadas. Punzaron hasta el corazón. Y lo desgarraron. El Juan gritó un grito oscuro y eterno como esa noche.

Un sol, surcado de rojos pálidos, le mostró lo que él creyó el límite del cielo. Los pájaros habían empezado a cantar. Todavía el aire estaba fresco. Sintió que un olor a hierba silvestre le tocaba la nariz. Y se enderezó. Caminó hasta la bomba de agua. Bombeó metiendo su cabeza debajo del chorro frío y amansador. Se enderezó lento, caminó hasta su caballo y lo montó. Ambos salieron rumbo al burdel de Madame Ivone, en busca de la Marlena.

El camino se hacía tardo y pesado bajo el sol que picaba fuerte. Ya  el campo se había hecho abierto, sin la sombra de ningún árbol que diese alivio. La visión del Juan era turbia. Empezó a vislumbrar algunas imágenes de la Dalmira. La vio corriendo por las calles de tierra, con sus trenzas atadas en las puntas con moños blancos volando tras ella. Se sorprendió al verse a sí mismo corriéndola, con el brazo extendido tratando de alcanzarla. De pronto la Dalmira dejó de correr y comenzó a girar y a girar y el aire se llenó con la música de un vals. Vio como un vestido largo y rosa la envolvía en sus giros y con el ruedo acariciaba el piso y todo el pueblo la rodeaba y la aplaudía y le sonreía y se descubrió allí, en esa imagen confusa, bailando con ella el vals de sus quince años, mirándola con admiración, con desvelo, con amor. Y entonces las imágenes desaparecieron y solo quedó su visión turbia que no dejaba ver más allá. Y recordó que esa noche, al terminar la fiesta, él le había robado el primer beso. Y desde ese momento fueron novios. El Juan la había amado y respetado como se lo habían enseñado sus padres  y su iglesia. Siempre habían estado todo el tiempo juntos, pero desde que decidieron ser novios, solo se veían dos días a la semana en casa de ella y los domingos por la tarde en la plaza principal. Ambos eran responsables de su conducta y sabían que solo  podían tomarse de las manos y besarse en la boca. Sí algún deseo sexual llegaba a despertarse en la Dalmira, ella sabía que solo se debería satisfacer después de unidos en matrimonio, como Dios manda, según lo aprendido en la iglesia los domingos. Y al Juan, como era hombre, se le permitía acudir a los servicios que prestaban las chicas del burdel de Madame Ivone. Que según el criterio de todos, para eso estaban esos lugares, para que los hombres puedan hacer con esas mujeres las cosas que no se podían hacer ni con  sus esposas, ni con sus novias.

El día que la Dalmira festejó su cumpleaños número quince, la Marlena, casi con la misma edad, entró a trabajar al burdel. Madame Ivone, había dudado en incorporarla, pero viendo que la jovencita parecía un par de años más grande, la agregó a su grupo de chicas. La muchacha era alta, de piernas largas y delgadas. De andar cuidadoso; su cintura delgada permitía ver el bandeo de sus caderas. Su espalda recta sostenía un cuello afinado, cubierto por una melena lacia de cabello renegrido. Era dueña de un rostro exageradamente pálido, que guardaba labios muy rojos, huérfanos de sonrisas. Pronto fue la preferida de todos los clientes. Menos del Juan. Él sentía que a esa mujer debía respetarla como a la Dalmira. Después de todo tenía casi la misma edad que su novia. Pero en las ocasiones en las que visitaba el burdel, no podía dejar de observarla.

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-¿Tenés fuego? —le preguntó una noche la Marlena sosteniendo un cigarrillo y agregó— ¿Todavía no te decidiste por ninguna?

Él encendió el cigarrillo sin responder.

-¿Querés tomar algo? —insistió ella.

-Una giniebra. Gracias.

Una botella completa de ginebra les bastó para contarse sus vidas. Y el Juan volvió cada noche de cada semana, de cada mes, de cada año que pasaba y bebía y conversaba con ella hasta el amanecer y le pagaba por los servicios que no consumía.

-Me enamoré de vos Marlena —le confesó una madrugada.

-Eso no es posible Juancito, yo soy una puta.

-No digas más eso. Venite conmigo, —pedía el Juan— ¿te animás? Yo con vos me voy a cualquier parte, dónde quieras.

Por primera vez él vio dibujarse en el rostro de la Marlena una sonrisa, que se convirtió en una risa sonora, extensa.

-¡Te volviste loco Juancito!

-Miráme, miráme a los ojos y decíme que sentís por mí —le pidió el Juan.

-Y porque siento mucho es que vos tenés que seguir con tu vida y yo con la mía. Porque a los pajaritos de papel se los lleva el viento —le respondió ella, tocándole la punta de la nariz.

Antes que la Marlena pudiese volver la mano, el Juan se la sostuvo en el aire. Entonces la muchacha acercó las manos unidas de ambos hasta uno de sus senos e hizo que el Juan lo acariciase. Él no se resistió, la exploró lento, la acarició suave, tan suave que a veces ella solo lo adivinaba. Y en la sombra del cuarto sus cuerpos esculpieron formas .

Esa mañana Madame Ivone, encontró sobre la mesa de luz el dinero del pago y la cómoda de la Marlena vacía.

Las puertas del burdel ya se veían al final de la calle. Así que se bajó del caballo y lo ató al palenque. Caminó hasta la entrada y golpeó la puerta. No tuvo respuesta. Insistió con un golpeteo más fuerte.

-¿Quién anda a’sta hora? —preguntó una vos femenina abriendo la puerta— Es hora de la siesta, che. A ver, ¿Qué andás queriendo?

-¿Aquí está la Marlena?

-¡Ah! Pero sí sos el Juan.

-Necesito saber si está la Marlena — reiteró el Juan.

-Mirá, anduvo ayer, antes del mediodía. Pero salió enseguida pa …

El Juan ya no escuchaba. Dio media vuelta y montó el caballo. Se alejaron a trote lento. Y a trole lento y cansado  cruzaron un surco que venía del pueblo. Dirigió la mirada en esa dirección y con la vista en el caserío que asomaba a lo lejos, recordó otra vez a la Dalmira. La vio feliz en la fiesta de compromiso, anunciando ante todos que pronto ella y el Juan se casarían. Y volvió a su memoria cuando juntos hablaron con el cura de la parroquia del pueblo; el mismo que los había bautizado hacía veintiún años, en corto tiempo los uniría.

El Juan dejó de mirar al caserío. Taconeó los lados del caballo y salió al galope, hacia allá  rompiendo la quietud de la siesta.

Pronto todos abandonaron su letargo, para salir a la calle. Y lo vieron desmontar, consumido y desgreñado. Preguntó por la Dalmira, pero nadie le respondió. Todos recordaron aquel día. Todos la recordaron.

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La Dalmira había crecido esperando ese día. Su familia la había educado para que todo saliera perfecto. Ella misma se cosió su vestido, armó su ramo, adornó la iglesia y talló las tarjetas para la boda con el Juan. Estaba parada frente al espejo del ropero, admirándose dentro de su traje de novia, mientras su madre, orgullosa, la ayudaba con el tocado, cuando de pronto entró su padre. Tenía el rostro enrojecido, los puños cerrados, los ojos salientes. Cuando la familia sentía que se hacía realidad la meta para su hija, su padre casi sin aliento, le tuvo que anunciar que el Juan se había escapado al galope con una de las mozuelas del burdel de Madame Ivone. La Dalmira se encerró en su pieza. Cortó a tirones un pedazo de tela de su vestido de encaje blanco puro, para usarlo como pañuelo. Se sentó frente a una mesita adornada con flores y una foto del Juan y soltó su llanto. Avanzaban las horas y la Dalmira no daba señal alguna. De pronto por debajo de la puerta comenzó a salir un hilo de agua. Eran sus lágrimas. Pasaron los días y los meses, y las lágrimas seguían escapándose a borbotones. Se transformaron en un río nostalgias y esperanzas muertas. Llegaron hasta el mar, convirtiéndolo en un gran océano salado. Una mañana al levantarse, vieron un surco seco, corrieron desesperados a la pieza de la Dalmira y se asomaron por la ventana al ver que ya no salían más lágrimas por debajo de la puerta. Los murmullos llenaron la casa y se apropiaron de las calles. Entonces llegaron todos. Pero solo uno de ellos se atrevió a entrar en la pieza. Y allí estaba la Dalmira, sentada con el rostro entre las manos sosteniendo el pedacito de encaje. El vecino la tocó. Estaba endurecida y fría. Quitó la mano aterrado, al mismo tiempo que el cuerpo de la muchacha se desmoronaba en el suelo convirtiéndose en un montoncito de sal blanca e inmaculada. Solo el pañuelo se mantuvo intacto y voló por el aire rumbo al océano. La sal se deslizó suavemente por el surco seco, siguiendo al pañuelo. Las vidas en el pueblo continuaron con sus hábitos hasta que regresó el Juan buscando el pasado. Nubes negras cerraron el cielo y un viento fuerte comenzó a enardecerse. De repente un pedazo de encaje blanco y puro revoloteó alrededor del Juan, hasta caer en el surco seco, del que comenzó a brotar agua con tanta rapidez y violencia que terminó en creciente. El pañuelo ahora bailaba encarnizado en el agua, hasta que el Juan se acercó a levantarlo. Ante la mirada impávida de todos, un brazo de la creciente lo enlazó arrastrándolo. El Juan manoteaba y se revolvía mientras la corriente lo empujaba río abajo, para desaparecerlo en el océano. La creciente bajó, el surco se secó y se cerró dejando apenas una grieta. Una leve brisa gratificó la tarde, y todos volvieron a sus casas, como habían venido, sin decir palabra. El cielo se dibujó con un calado de encaje blanco, mientras el pueblo fue bendecido por una suave llovizna de sal.

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Alicia Massera

Coordinadora de talleres literarios y plástica – Técnica en Artes Visuales – Actividad Laboral: talleres de arteterapia en Comunidades de Rehabilitación en Adicciones y taller de plástica en Centro de Psiquiatría

Imagenes de portada e interiores Malika Favre

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