La educación es educarse

Señoras y señores:

Como ustedes ven, soy un anciano achacoso y no deben esperar de mí que esté a la altura de mi productividad o de mi sabiduría. Eso de estar a la altura de la propia sabiduría es, de todos modos, una pretensión algo dudosa. Con todo, siendo un hombre tan anciano, se puede decir con certeza que he reunido una gran experiencia. Pero la verdad es que mi actitud frente a ustedes es también una actitud bien curiosa. ¡Es tanto lo que quisiera aprender de ustedes! Debería saber cómo es hoy una escuela, cuáles son las preocupaciones que tienen hoy los padres, las que tienen sus hijos, las que tienen sus hijas, y todo lo que precisamente ya no sé. Me he preguntado si podía sentirme llamado a hablar de estas cosas; y, sin que yo hubiera deseado imponerlo, hemos acordado que, en el caso de que absorba la atención demasiado tiempo, tengamos un debate más corto. Así que si puedo abreviar algo esta conferencia, espero que tengamos un debate más largo.

Intentaré justificar por qué creo se puede aprender a través de la conversación. Ésta es, ciertamente, una afirmación de gran envergadura, en favor de la cual, sin embargo, tendría que desplegar en cierto sentido todos mis esfuerzos filosóficos de los últimos decenios. Si yo tuviera que titular de alguna manera esta lección o conferencia de hoy –no es, como ustedes ven, una lección, y tengo por uno de los más peligrosos atavismos de nuestra vida académica el que se siga hablando de lección–. Leer no es hablar; se trata de dos cosas distintas. Cuando uno habla, le habla a alguien; cuando uno lee, está este papel entre ambos. En realidad, aquí no hay nada escrito salvo un par de notas que he redactado, y por ello me sirvo de él sólo por un momento.

Afirmo que la educación es educarse, que la formación es formarse. Con ello dejo conscientemente al margen los que puedan ser, obviamente, los problemas entre la juventud y sus preceptores, maestros o padres. Deseo contemplar todo este ámbito desde un ángulo distinto del que domina propiamente el debate y pretendo llevar las cosas a una idea más precisa.
Así pues, para empezar; me pregunto: ¿Quién es propiamente el que educa? ¿Cuándo comienza propiamente la educación? No quiero entrar ahora en los conocimientos especializados de la investigación más reciente que se ocupa de la relación comunicativa entre la madre y el hijo todavía no nacido. Sin duda hay allí ya comunicación, si bien, también con toda seguridad, no de naturaleza lingüística. En cambio, en relación con el recién nacido se plantea una cuestión muy interesante: ¿Dónde están los inicios de aquello que todos consideramos indudablemente como la educación básica de todo ser humano, a saber, el aprender a hablar? Aquí radican ya todos los misterios que vienen al caso también para el tiempo posterior, por ejemplo para lo que llamamos el desarrollo profesional.

“Pero, usted tiene también familia, dos hijos”; y que él respondiera: “Bueno, ¡qué más da!, están frente a la tele”. Se pueden ustedes imaginar los problemas que este padre llegará a tener si se han hecho más fáciles estos primeros años gracias a que los hijos han estado mirando en exceso la televisión. Naturalmente, ha cometido ahí un funesto error.

La primera constatación, con la cual comienzo, consiste en decir que esto puede verse ya en un niño recién nacido. En los meses subsiguientes empieza con ciertos juegos, quiere coger algo y parece complacido, incluso orgulloso, de poder hacerlo. Todavía no puede coger ni querer realmente pero, con todo, uno percibe el gozo y un primer sentirse bien en ello. Casi diría: sentirse en casa. No cabe duda de que éste es el primer ingente trabajo anímico para un recién nacido, y por esta razón grita también, precisamente porque no es capaz de enfrentarse al hecho de estar repentinamente expuesto a un entorno por completo inconcebible. Si tratamos ahora de ver de este modo lo que evidentemente es el siguiente paso frente a este primero, nos encontramos con que trae consigo los primeros años del aprender a hablar. Como todos sabemos, son años increíblemente interesantes, llenos de sorpresas para los padres. El hablar del ser humano no conserva después la viveza del uso libre del incipiente hablar. Lo que a veces se muestra en él es una pérdida.

Todos sabemos que palabras, o también nombres, del lenguaje de la infancia quedan adheridos a una persona durante toda su vida. Aquí hay que dar un paso más. Hay que dedicar toda la atención a procurarse, incluso para el propio nombre, algo así como una reacuñación de la palabra utilizada por los padres, y algo parecido ocurre con los nombres de los animales y en otros muchos casos. Naturalmente, este tema se puede estudiar particularmente bien en el caso del poner nombres.

Así pues, nos preguntamos: ¿Quién educa aquí? ¿No es esto un educarse? Es un educarse como el que percibo, en particular, en la satisfacción que uno tiene de niño y cómo alguien que va creciendo empieza a repetir lo que no entiende. Cuando por fin lo ha dicho bien, se siente orgulloso y radiante. Así, debemos partir quizá de estos inicios para no olvidar jamás que nos educamos a nosotros mismos, que uno se educa y que el llamado educador participa sólo, por ejemplo como maestro o como madre, con una modesta contribución. Veremos todavía todo lo que esto implica.
Si se me permite el recuerdo de mi propia infancia, y de la de otros que conozco en mi propia vida familiar –por supuesto sólo como una ilustración, pues cualquiera de ustedes también podría aportar–, comprobaremos que el momento que sigue después del cuidado de los padres, el del jardín de infantes y el de la escuela primaria, significa una gran ruptura en los años del aprender a hablar. Sin duda es un gran paso en el que tiene lugar algo realmente nuevo en el camino “de la cuna, por así decir, hasta la sepultura”. Me refiero a la relación con los otros seres humanos, la comunicación.

Yo tenía una hija, y en ocasiones mi esposa debía pedir a la asistenta –entonces teníamos una asistenta– que le cambiara los pañales. Ello daba lugar, a continuación, a grandes berridos de la niña. Al comienzo yo también tenía que hacerlo algunas veces y en opinión de mi esposa –seguro que tenía razón– lo que yo había ejecutado era simplemente una tortura. Pero, curiosamente, la niña estaba resplandeciente y se dormía satisfecha. En efecto, así son las cosas de la comunicación, de la cual no sabemos absolutamente nada todavía y que, sin embargo, cumple este proceso del llegar a estar en casa que yo designaría con el mayor énfasis como la idea directriz de toda clase de educación y de formación. También la formación se produce así, si tenemos en cuenta sólo una cosa, a saber, que la así llamada formación escolar tiene siempre una marca característica: también aquí sólo hay lo que justamente se ha formado. Éstas no son lo que llamamos especialidades particulares, sino que ya significa algo así como formación general, algo que, ciertamente, se desarrolla sólo lentamente.

Claro está que el jardín de infantes se encuentra actualmente en un proceso de evolución del cual todavía no sabemos nada con exactitud. Los misterios y las dificultades del campo de la educación se han visto en gran medida apremiados y, en último término, amenazados por la revolución industrial. Esto significa que también las madres se ven obligadas, más o menos, a ejecutar una actividad profesional. Para la población en su conjunto debemos tomar nota de ello incluso allí donde nos encontramos con personas no sujetas a dicha obligación. Después de todo, también la figura del padre ausente, el que tan raramente está ahí, es una experiencia curiosa. Pero en el caso del niño que está totalmente al cuidado de los padres, ¿Qué ocurre cuando ambos se van a trabajar?
Esto es algo que aprendí a estudiar especialmente en América. Por cierto que todo lo que es problemático debemos estudiarlo alguna vez en otras partes. Esto es por lo menos prudente, y así he tenido también ocasión de conocer bastante bien los Estados Unidos. Es muy necesario aclarar lo que significa, por ejemplo, el hecho de que yo le dijera a un colega en su lugar de trabajo: “Pero, usted tiene también familia, dos hijos”; y que él respondiera: “Bueno, ¡qué más da!, están frente a la tele”. Se pueden ustedes imaginar los problemas que este padre llegará a tener si se han hecho más fáciles estos primeros años gracias a que los hijos han estado mirando en exceso la televisión. Naturalmente, ha cometido ahí un funesto error. Ninguna valoración del peligro que en un caso como este representan los grandes medios de comunicación para el auténtico ser hombre puede ser suficientemente alta, pues se trata por encima de todo de aprender a atreverse a formar y exponer juicios propios. Esto no es en absoluto fácil.

Hablamos con los niños y sabemos hasta qué punto les es difícil empezar a escucharnos, y cómo prefieren intentar ganarse a los extraños con una sonrisa seductora. Pues bien, este es el tipo de problemas que tras los primeros pasos en el jardín de infancia generan los primeros años escolares. ¿Con qué empiezan? Ante todo, naturalmente, con los muchos compañeros, de los cuales no todos le gustan al niño, aunque sí algunos. Todo el juego de gustar y no gustar, de la simpatía y la antipatía, todo lo que demanda la vida en su conjunto, acontece también en las aulas. El pobre maestro ejerce una función muy modesta si pretende influir en este proceso. Allí donde el hogar ya ha fracasado por completo, normalmente tampoco el maestro tendrá mucho éxito. Pero es claro que esto son cosas obvias que no precisan mayor comentario.

Quiero solamente mostrar sus consecuencias: de lo que se trata es de que el hombre acceda, él mismo, a su morada. Ésta es una expresión utilizada por Hegel, un gran filósofo que en su uso especulativo se atrevió a modificar algo las palabras, por ejemplo de “morar” a “acceder a la morada”. El acceder a la morada en el mundo se manifiesta también en ese atrevimiento a formar nuevas palabras del que he hablado.

Esta edad es muy interesante, mucho. Pero ese “mundo” de la familia experimenta luego, como veíamos, una primera tendencia a la igualación y a la adaptación, primero en el jardín de infantes y luego, mucho más, en los primeros años escolares. Allí se exige algo nuevo que después se expresa de múltiples maneras. Un comienzo totalmente nuevo es, por cierto, el aprender a escribir. ¡Aprender a escribir! Cualquiera lo recordará inmediatamente y yo ni siquiera sé con exactitud actualmente en qué consiste en la práctica, sin embargo supongo que por ahora se aprende todavía a escribir antes de aprender a servirse de un aparato. Obviamente, lo que sí sé es que esto tiene una función totalmente distinta. En todo caso existe todavía, como se sabe, la llamada escritura escolar. Se enseña en la escuela y llega a ser una de las cosas más interesantes, en la que podemos reconocer la evolución del ser humano. Es el momento en que a partir de la escritura escolar se forma la escritura a mano. Ignoro si este sistema subsistirá por mucho tiempo. Es probable que dentro de poco apenas exista algo como la escritura a mano, a lo sumo existente sólo para las firmas. Recuerdo que siempre fue una especialidad peculiar el hacerlas ilegibles. Y aquí se trata de problemas que nos llevan a otras cosas que también forman parte manifiesta de la educación.

Añadamos ahora la siguiente pregunta: ¿Para qué es uno propiamente educado? ¡Ah!, me acuerdo muy bien de mi propia infancia, y a veces viene también a mi mente mi propia experiencia profesional. Ocurre, por ejemplo, que un estudiante me llama por teléfono para decirme: “Profesor, disculpe la pregunta, pero leo aquí en un libro esto o aquello; ¿Qué significa en realidad la palabra?”. Estos no son modales, pues los modales exigen que uno no piense sólo en sí mismo sino también en que se molesta a alguien cuando se le llama por teléfono. Y en todo caso uno debe tener especiales razones si, a causa de la importancia del asunto, es necesaria una respuesta inmediata. En cualquier caso, ello va contra los buenos modales, habíamos dicho antes. Ahora bien, esto se va convirtiendo paulatinamente en un problema. Obviamente, sabemos que esto llega a ser un arduo problema en las familias en las cuales no es posible que el crecimiento de los niños se produzca precisamente bajo un esmerado cuidado de los padres. Y justamente allí el tener buenos modales alcanza un altísimo valor social. Que alguien que crece en condiciones modestas se muestre bien educado es algo que se nota en la manera de hablar, algo que le da un atractivo que percibimos enseguida con respeto. Naturalmente, algo similar ocurría en los países en los que se habla habitualmente en un dialecto. Yo vengo de Silesia, y allí las capas altas de la sociedad no hablaban nunca el silesiano. Tal práctica estaba incluso prohibida, a causa de la proximidad de la lengua polaca, que se hablaba en las partes de la Silesia “prusiana”, y donde las familias alemanas estaban naturalmente a la defensiva frente a la presión de la población polaca.

4e7b398fcd798b225df6998e9e65e6fd--metz-philosophy

Ahora bien, todo esto son pequeños problemas que se muestran igualmente en otros países bajo otras formas. Tengo perfectamente claro que yo, como silesiano en territorio suabo, no soy otra cosa que un extranjero que, no obstante, lleva cincuenta años viviendo en Heidelberg. A nadie se le ocultará que esto es una circunstancia atenuante.

Vuelvo a hacer hincapié en la enorme importancia de la lengua materna. Realmente es algo que, como se aprecia, encierra fuerzas insuperables que no cabe subestimar. Con absoluta seguridad la lengua materna persistirá en el mundo venidero. He estado lo suficiente en América y en otros continentes como para saber que las tradiciones familiares y, sobre todo, la propia lengua materna, se respetan y se cultivan. Es así en gran escala en toda América. En California, por ejemplo, uno se encuentra con un gran número de pueblos o ciudades japoneses y rusos. No hay que dejarse engañar por el lenguaje de las relaciones comerciales, cuyo desarrollo lleva ya actualmente en mayor o menor medida a un predominio absoluto del inglés en Europa y pronto en todo el mundo. No es de eso de lo que estoy hablando, sino de la lengua materna, en la cual uno hace preguntas y aprende, y mantiene conversaciones como adolescente.
Normalmente, las conversaciones no se mantienen tampoco por teléfono. Hay quien lo hace, lo cual es muy malo para los que pretenden dar otro uso al teléfono. El fenómeno es conocido. Existe precisamente algo así como la manía del chisme. No obstante, ejercitada con moderación, la tendencia a la conversación es una buena cualidad. De todos modos quisiera subrayar que, en todo caso, aquí se da decididamente prioridad a la lengua materna, incluso por parte de quienes se crían en muchas o en varias lenguas. Igualmente, no es en modo alguno infrecuente que el padre y la madre, aún usando una sola lengua en el marco familiar, hablen en otra con el resto de personas. Claro que, mientras tanto, hay de todo.

Ahora bien, éste es un tema totalmente nuevo que va también de la mano de la revolución industrial, al que se añade el hecho de que cada vez aprendemos más a manejar lenguas extranjeras. Sólo puedo decir con asombro que la significación de este hecho parece estar muy lejos de corresponderse con la práctica. No se trata ya de la forma con la que a mí y, supongo, que a ustedes, se nos enseña en mayor o menor medida una lengua extranjera por medio de la lectura de textos y de la escritura. Esto no es lo habitual.

Lo habitual es la conversación, y algo que no puedo inculcarles con fuerza suficiente es que de hecho nuestro mundo social tiene ahí cada vez mayores posibilidades. Quien está acostumbrado a hablar sólo en dialecto se comporta de inmediato de un modo un tanto extraño frente a los que hablan el alto alemán, es inevitable. En ello se pone de manifesto que uno va viendo cada vez más lo que la conversación significa para el otro.
Y éste es un punto en el cual tengo una opinión firme respecto de que en el aprendizaje de las lenguas extranjeras se ve demasiado una relación unilateral y no una comprensión recíproca. Está claro que tenemos buenas razones para aprender una lengua y para aprender lo que hay que saber acerca de su contenido, y ello implica también, sin duda, la lectura. De modo que es comprensible que esto tenga una cierta extensión que los programas de estudios privilegian.

Con todo lo que he dicho, señoras y señores, concédanme que es muy peligroso considerar obligatorios los planes de estudios, y que sería malo que ocurriera en todas partes. Afortunadamente no sucede, aunque aún se sigan considerando lo más importante. Tal como lo veo, lo más importante sería tener la capacidad de contestar cuando se nos pregunta algo y ser, a la vez, capaces de hacer preguntas y recibir respuestas. Si yo tuviera algo que afirmar al respecto –lo que, en verdad, no es el caso– diría que en los planes de estudios, por cada 45 minutos de clase en lenguas extranjeras se deberían reservar como mínimo 10 para preguntas. Esto sería un plan de estudios indeterminado de primera categoría. Especialmente cuando se trata de lenguas extranjeras como, pongamos por caso, el inglés y el francés.

En el caso del aprendizaje del latín es otra cosa. En el latín se puede finalmente llegar a entender la gramática. Sin embargo, por desgracia, es una barbaridad inculcar la gramática de la lengua materna. Recuerdo el único fracaso que tuve como niño en la escuela –pueden ustedes imaginar que yo era un alumno bastante bueno–. En el tercero de primaria tuve que aprender la gramática del alemán, las declinaciones yo – mío – a mí – me; tu – tuyo – a ti – te (todavía me las sé de memoria) y me encontré de pronto entre los tontos, los que iban atrasados en todo. Se trataba de algo que nunca me había sucedido; tuve que ser oportunamente adiestrado para aprender a declinar. En realidad cuento esto ahora (es muy divertido oírlo) sólo para mostrar los problemas que uno tiene al respecto.

Este tipo de gramática no es propia del alemán, sino que es una transposición proveniente del latín. Es algo que está muy claro. Para el aprendizaje de las lenguas extranjeras se necesita la gramática latina, pues todas las palabras que se emplean son aún palabras latinas y así seguirá siendo siempre. Quien todavía no sabe latín tendrá dificultades con la gramática. He resumido de este modo mis experiencias infantiles en la escuela, pero puedo poner otro ejemplo. En mi juventud tuve una experiencia que supongo que todos ustedes habrán tenido a su modo: el caso de un profesor que se interrumpe, pretende atenerse al plan de estudios, y dice: “Pero esto no es para vosotros todavía”. ¡Algo así no se olvida jamás! y es doblemente interesante. Se ve qué es lo que no importa y se observa qué es lo que vale: despertar el placer de aprender.

Todos ustedes conocen asimismo las estrategias con las que, cuando uno está mal preparado, se logra que el maestro no consiga plantear las preguntas del examen apabullándolo con esas mismas y difíciles preguntas. Así se da, naturalmente esta guerra de guerrillas. En modo alguno quiero empequeñecer esta estrategia y esta táctica. Ha existido siempre, pero habría que tener en cuenta mucho más su papel central.
Aprender una lengua no quiere decir necesariamente escribirla impecablemente sino, por sobre todo, ser capaz de dar cuenta de algo. Recuerdo bien mis años de escuela en los infaustos años de la guerra de 1914. Iba a una escuela que, según me he informado, tenía un plan de estudios parecido al que tienen aquí. La primera lengua extranjera que aprendí fue el francés, por cierto que, durante un año, mediante una fonética. Durante un año no pude hablar una palabra francesa, me limitaba a producir sonidos franceses. Ése era por entonces el gran progreso de la fonética alemana que se practicaba en ciudades como Breslau. Me temo que esto ha cambiado después. Sin embargo, antes era habitual y tuvo como consecuencia que aunque nunca he vivido por mucho tiempo en Francia, aún hoy mi francés no se hace notar por la pronunciación. Cometo otra clase de errores, pero la pronunciación es buena, y para una conversación esto es mucho más importante que lo que digo.

Ahora bien, esta observación general pone de manifiesto hasta qué punto el otro está siempre presente en nuestro ser en el mundo. Lo mismo que ocurre entre los niños, ocurre también entre las lenguas extranjeras. De este modo sale a la luz el educar–se recíproco. A ello se suma el papel que desempeñan los padres o quienquiera que sea que cuide de los niños. Pienso que uno se puede imaginar cómo todo esto continúa, cómo continúa paso a paso de modo que al final uno recibe siempre improntas perdurables.
Así no hace falta que los modales tengan esta forma bárbara que consiste en ponerlos innecesariamente de relieve a cada instante, sino que se brinda a cualquiera la ocasión de comportarse de un modo que pueda ser grato al otro, y viceversa: la educación es así un proceso natural que, a mi parecer, cada cual acepta siempre cordialmente procurando entenderse con los demás.

De este modo nos vamos aproximando poco a poco a lo que luego uno aprende en las escuelas. Estoy hablando de entenderse en una lengua extranjera. Es obvio que la lectura, y la lectura comprensiva en la propia lengua materna y, por supuesto, en las lenguas extranjeras, figuran entre las grandes ampliaciones de nuestro horizonte del mundo. Debo reconocer al respecto que, no por mi culpa sino por la de la historia mundial, yo no he aprendido en verdad ninguna de las grandes lenguas extranjeras gracias a la estancia en el país correspondiente.

Esto no fue posible para mí. De 1914 a 1945 tuvimos una guerra de treinta años. Por lo que se refiere a los viajes, todos sabemos cuán rápidamente se hicieron imposibles, sobre todo por razones económicas, tras la toma del poder por los nacionalsocialistas.
Ahora puedo empezar a aproximarme a las siguientes preguntas: ¿Qué es lo que se aprende en la escuela? ¿Cómo se forma uno? ¿Cuál es la formación que se configura? Solemos llamarla “formación general”, y con ello hacemos referencia a algo que, en efecto, es muy importante, a saber, que no se impongan prematuramente las especializaciones.
A mi parecer, algo que todavía hoy está bien en las escuelas superiores alemanas es que no se persiguen en exceso las especializaciones. Existe, sin embargo, una materia de importancia muy especial: las matemáticas. Puedo asegurarles que he mantenido relaciones de amistad con muchísimos matemáticos, entre ellos algunos de primerísima categoría, premios Nobel, etc., y he conversado con ellos muchas veces sobre dicha cuestión.

Los medios de masas lo dominan todo y tienen efectos ensordecedores, mientras que en los planes de estudios y de preparación profesional de las universidades las especializaciones van en aumento, a despecho del nombre “universidad”.

El resultado fue siempre el mismo: los mejores matemáticos son siempre los humanistas, pues ellos habían aprendido a trabajar mejor y no habían aprendido una falsa matemática. La verdadera matemática es demasiado difícil para las escuelas. ¡Esto es sencillamente una realidad! Ello no significa que debamos renunciar a ella, pero debemos ser conscientes de que el haber tenido buenas notas en esos cursos no es un indicio relevante para estudiar matemáticas después.

Entonces hay que aprenderlo todo de nuevo por completo. Se trata de algo que mis colegas de esta especialidad, con los  que he podido mantener conversaciones en muchas universidades, consideran un hecho muy importante. Pero esto no se limita a las matemáticas. Existe, por demás, algo así como una sensibilidad para lo que uno debe saber y para lo que uno desea saber, en donde sólo en último término, en el trato con el otro, en el uso, es que se le puede mostrar efectivamente a uno. Es lo que uno necesita para poder entenderse con el otro. Con ello estamos justamente en medio de lo que yo considero un punto de vista decisivo también en mi propio mundo filosófico, a saber, que el lenguaje sólo se realiza plenamente en la conversación. Incluso para el maestro, ser realmente capaz de ello es sólo una posibilidad limitada. Es completamente claro que determinadas unidades del plan de estudios deben ser respetadas, pero lo decisivo es, sin embargo, que a la postre se dé al adolescente la capacidad de enmendar sus propias carencias de saber a través de su propia actividad. El educar–se debe consistir ante todo en potenciar sus fuerzas allí donde uno percibe sus puntos débiles y en no dejarlos en manos de la escuela o, menos aún, confiarlo a las calificaciones que constan en los certificados que, acaso, los padres recompensan de algún modo.

No vayan a creer que hablo aquí de cosas que me son desconocidas. Decir: “el mundo cambia” es el privilegio de un pensador anciano. ¿En qué dirección va a cambiar? Bien, no hay duda de que, obviamente, aparte de las firmas manuscritas, ya no se desarrollarán más las escrituras a mano. Una pérdida. De este modo uno se acostumbrará a la escritura a máquina de las más diversas formas, que van mejorando continuamente.

Se irá cada vez más deprisa y con ello, según creo, ganaremos tiempo. Pero lo que importa es aprender a emplear dicho tiempo. Ganaremos tiempo, excepto aquellos que chismean por teléfono, como he mencionado. Es obvio que debemos aprender a ser muy breves y concisos con los medios modernos para que este tipo de comunicación pierda el carácter horrendo, inevitable de otro modo. Basta recordarles algo que antes era obvio para mi generación: no se debía invitar a nadie, por teléfono, a una visita a nuestra casa, sino que había que escribirle una carta, o algo parecido.

03a25f53bef5cf43479ebdbb858ade65--philosophy-metz

Son del todo claras las razones para las muchas cosas nuevas que nos esperan. Pero allí se encierran a su vez nuevas exigencias. ¿Y de qué modo, si no se forman grupos, ha de realizarse ello en estas universidades, o también en las escuelas? Se trata de algo que debemos aprender. ¡También las asociaciones! De modo que soy un gran defensor del fomento de todas las asociaciones ciudadanas porque en ellas se ejercita la convivencia humana. Esta convivencia es, en efecto, la palabra clave con la cual la naturaleza nos ha elevado por encima del mundo animal, justamente por medio del lenguaje como capacidad de comunicación, y este es el punto al que quiero llegar.

A ese respecto, la iniciativa debe residir mejor en la misma juventud. Todos hemos tenido que aprender esto. Y la juventud estará dispuesta a seguir haciéndolo a su modo. A tal fin, cuando ustedes empiecen a estudiar, entrarán en nuevos círculos, adquirirán el amigo del colegio, los compañeros de la clase –el reencuentro con un compañero de clase es algo de un valor muy especial cuando uno se hace mayor–. Uno tiene una experiencia concreta de las fuerzas vinculantes que dormitan en cada uno de nosotros allí donde mantuvo vínculos íntimos e hizo nuevas experiencias, que intercambia con el otro.
Del mismo modo, en el tiempo uniformizador en el que suelen transcurrir las relaciones comerciales y los negocios, será tanto más importante que, en un momento de tiempo libre, uno hable con su superior, o con su subordinado, bien con verdadera sensibilidad o bien con indiferencia. Algo que nunca cambiará es el hecho de que no es lo que pueden transmitir las máquinas lo que tiene auténtico valor informativo. Esto vale para la escritura a mano, como ya sabemos por la grafología. Pero no hay duda de que valen igualmente para todos los otros adelantos que nos esperan y que no se pueden ignorar, pues es evidente que tienen su función determinada. Pero también nos invitan a desarrollar la cara opuesta que nos hace falta.

Estos cambios puedo verlos muy claramente en las universidades, donde tenemos aulas gigantescas a las cuales asisten centenares de estudiantes. Ni el profesor puede reconocer al alumno dotado ni se pueden reconocer entre sí los que congenian. Es un ajetreo desesperante. Espero que algún día esta cosa cambie. Lo veo en los ejemplos americanos e ingleses. En algunos países funciona. Pues bien, ¿cuál es aquí el problema? ¡Iniciativa y capacidad de juicio! Ciertamente, hay mucho. Recomendar el libro adecuado, no porque haya sido anunciado en una revista. Falsos anuncios, esto es, anuncios a los que lo mejor es no hacer caso, los hay siempre. Pero ¿Qué es lo que realmente vale la pena? Recuerdo lo que significó para mí el marcharme súbitamente de la casa paterna, es decir, el convertirme en estudiante. De pronto –era en tiempos de guerra– entré a formar parte de un círculo en el que había chicas estudiantes, cultas y encantadoras, y se aprendía de pronto algo totalmente nuevo.
Recuerdo, por cierto, haber leído en ese año 1918 un libro de Teodor Lessing titulado Europa und Asien, porque me lo habían recomendado. Fue para mí el descubrimiento de un mundo nuevo. El famoso Teodor Lessing, alumno de Husserl, era un periodista de izquierdas que más tarde cayó víctima de un atentado. Tenía sus aspectos jocosos y también desagradables. De ningún modo pretendo elevarlo a la categoría de genio, pero no quisiera privarme de la experiencia que tuve con la lectura de su libro. Aprendí que la crítica a la ética del rendimiento que, como optimismo del progreso, quiere dominarlo todo, era ya por ese entonces, en el año de 1918, un mensaje totalmente nuevo que me causó una profunda impresión. Fue por ese entonces que empecé a leer las novelas rusas, las escandinavas y holandesas, es decir, todo lo que era bueno y fácil de traducir. Y así es como se forma uno.

Este tipo de formación es hoy especialmente necesario en las universidades, pues los medios de masas lo dominan todo y tienen efectos ensordecedores, mientras que en los planes de estudios y de preparación profesional de las universidades las especializaciones van en aumento, a despecho del nombre “universidad”. Si observamos los trabajos científicos que se presentan como tesis doctorales, es terrible constatar hasta qué punto esto se limita a la proliferación de especialidades. Circunstancialmente, puede dar lugar a fructíferas contribuciones científicas; pero, en tanto que actitud básica para abrirse camino y llegar a estar en casa en nuestro mundo, las experiencias decisivas y la propia capacidad de juicio y formación quedan muy restringidas. Hoy en día se trata más bien de adaptarse a lo que está en curso, de manera que uno no puede decir qué le parece algo, a no ser que pueda documentarlo en un libro. Hay que oponerse a esto, aun en el caso de que el éxito no esté claro. Una preocupación de la que se oye hablar mucho es que incluso en nuestra economía se practica demasiado el seguimiento de reglas y la prevención de riesgos. Pero, ¿quién ha aprendido realmente si no ha aprendido de sus propios errores?

Bien, yo no puedo emitir un juicio al respecto y estoy lejos de permitirme tal cosa. Pero me sostengo en que, si lo que uno quiere es educarse y formarse, es de fuerzas humanas de lo que se trata, y en que sólo si lo conseguimos sobreviviremos indemnes a la tecnología y al ser de la máquina.

Hans-Georg Gadamer

A sus 99 años de edad, el filósofo alemán Hans-Georg Gadamer (Marburg, 11.02.1900 – Heidelberg, 13.03.2002) fue invitado a exponer sus ideas sobre la educación en el Gymnasium Dietrich-Bonhoefer de Eppelheim, el 19 de mayo de 1999. Hablante nativo de la lengua alemana, este filósofo había aprendido en Breslau el griego y el latín, mientras estudiaba el francés como lengua extranjera. Formado en filología clásica, también aprendió el inglés y el castellano, lo cual le permitió actuar como profesor invitado en la Universidad de Tucumán (Argentina). Soslayando los problemas cotidianos de las instituciones escolares, Gadamer sostuvo en esta conferencia, titulada originalmente Erziehung ist sich erziehen, que la educación consiste en educar-se, es decir, que la responsabilidad de nuestra educación recae sobre nosotros mismos, y no en nuestros padres o en nuestros profesores, quienes apenas pueden ofrecernos una modesta contribución. En efecto, educar-se es un verbo reflexivo que designa la acción autónoma que se niega a poner en manos ajenas la aspiración al perfeccionamiento constante de la persona humana. Pero no se trata de un llamado al individualismo, sino a la conversación con los otros como medio para autoeducarse,
junto al papel de la lectura de las ideas de aquellos que no están con nosotros. El aprendizaje es el asunto íntimo de cada cual, y nadie puede echar esa responsabilidad sobre otros, dado que acontece en nuestra íntima morada, que es el lenguaje. Ajena a las “competencias” y a las “habilidades”, la auténtica educación es un resultado de la voluntad de autoeducarse conforme a los elevados ideales de la cultura. Apartando la atención de la propia singularidad, el hombre educado aprende abstrayendo un punto de vista general desde el cual puede juzgar con consideración y medida, trabajando sobre sí mismo para ganar opiniones autónomas, remediando con la propia actividad las carencias de saber.
Publicada originalmente en alemán con un comentario editorial de Ulrich Gebhard (Heilderberg, Kurpfälzischer Verlag, 2000), se ofrece a continuación, con propósitos educativos, la traducción castellana de Francesc Pereña Blasi que fue publicada en Barcelona por la editorial Paidós (2000), con algunas pequeñas modifcaciones de estilo.

Imagen de portada e ilustración Daniel stolle 

Anuncios

Comenta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s