La carta de Leidy. Un reparto de lo sensible

Palabras claves: Educación artística / Diversidad / Identidades / Realidades

Un día cualquiera en el colegio, la orientadora escolar me muestra una pequeña carta hecha en papel de cuaderno cuadriculado, dulcemente decorada con flores, corazones y guirnaldas, al abrirla me encuentro con la representación de una niña pintada con color marrón y con mayor volumen que la niña rosada, separada de ésta por la frase “Aunque soy negra quiero que seas mi amiga”. Palabras escritas por Leidy, una niña de 5o grado y dedicadas a su amiga Laura. Sin ser docente de las niñas, esa carta llega a mí por ser la única docente afrodescendiente en el colegio, y por eso, según la orientadora, puedo entender mejor a la estudiante y encontrar el por qué, de esa corta frase pero que conlleva una profunda tristeza.  Desde ese día me comprometí a buscar mecanismos desde la clase de artes plásticas para superar esas barreras mentales, que dificultan las relaciones entre los seres humanos en general y que hacen que niñas como Leidy sientan que, por su color de piel, no tiene derecho a tener amigas.

¿Por qué  en pleno siglo XXI, en los contextos escolares de nuestro país, donde convergen personas de todas las etnias; de diversos territorios, desplazados de sus regiones y ahora de otros países; con diferencias culturales, religiosas, económicas, ideológicas y estéticas, mantenemos la diferenciación en lugar de apreciar la diversidad? ¿Cuál es el papel de la educación artística en mejorar la convivencia escolar, familiar y comunitaria? Encontrar esas respuestas para mejorar la vida de una niña de 10 años y de los demás estudiantes, que se encuentran en cualquier aula, debe ser una meta.

La sensación de soledad y el sentimiento fraternal impresos en el lenguaje textual y gráfico de la carta para Laura, son una pequeña muestra de quien es Leidy. Cada línea, forma, punto y color dispuesto en el espacio de media hoja de cuaderno, no son sólo una forma de comunicar su necesidad de afecto a la compañera, hace parte de una expresión de la forma de ver y reconocerse en el mundo, de su pequeña pero diciente realidad.

Lo visto y no visto en ese trozo de papel, es una  muestra no sólo de un estado de ánimo, es la ventana a una realidad  desconocida, el contexto de vida por el cual  ella ha sufrido de racismo, de xenofobia, exclusión o matoneo  y le hace pensar que por ser “negra” no pueda tener a Laura como amiga.  En esta pequeña muestra de la expresión artística de una niña,  al igual que en una obra de arte expuesta en un museo, se condensan en el lenguaje pictórico mediante códigos visuales el contexto social, económico, educativo, político, religioso, ético y estético de quien crea dicha imagen. Como lo dijo Peter Burke, las imágenes contienen un lenguaje no verbal que puede ser leído, pero lo importante es encontrar el idioma con que fueron construidas, es decir el lugar y las características sociales y culturales del momento de su producción y del autor de la imagen para llegar a la comprensión.  De esta forma, la producción gráfica o artística de nuestros estudiantes no debe restringirse a ser un medio de expresión de sentimientos, pues son además, medios de comunicación, de enseñar sus identidades, la forma como viven y reconocen su realidad.

La identidad de Leidy está sujeta a reconocerse como  una niña negra, una identidad impuesta  desde la racialización de los seres humanos en la colonia y que a diferencia de la de Laura, su amiga mestiza, tiene un peso importante en su reconocimiento como persona. Ese signo visual y estético dado por el color de la piel, hace que esta niña se vea y se sienta diferente a sus compañeros, lo que debería ser una simple característica que muestra la diversidad y la hermosa gama de seres humanos que confluyen en nuestro país, para ella se convierte en una diferenciación que la carga de un peso histórico que ella no comprende, pero que siente de forma negativa y la aparta de sus pares.

En palabras de Johann Wolfgang von Goethe “El arte es el mediador de lo inexpresable” y Leidy lo usa como una forma de conectarse y hacer un pacto de amistad con Laura, le pide que sea su amiga aunque ella la vea diferente. Los docentes de igual forma, debemos impulsar esas mediaciones para transformar realidades que están construidas por un pasado común y que nos ha categorizado por colores, clases sociales, géneros, ideologías y hasta por gustos sexuales y nos impuso unas jerarquías en las que unos se sienten superiores a los otros, con la necesidad de ejercer poder sobre ellos y que a la fecha nos tiene como pueblo colombiano en un proceso de paz y reconciliación que aún nos divide y polariza, porque el problema principal no será resuelto si no logramos reconocer y aceptar que somos diversos y diferentes y que esa es una de las grandes riquezas que tenemos como país. En una sociedad como la nuestra, al igual que los demás territorios colonizados, sobrevive la necesidad de diferenciarnos para jerarquizar nuestras relaciones, que no solo se expresa en términos socio económicos, sino en la garantía de la igualdad de derechos, es decir en la política, el ejercicio diario de relacionarnos.

Estamos categorizados como negros, indígenas, mestizos y blancos desde  antes de la independencia y esa racialización mantiene posiciones que imposibilitan para muchos el acceso a la educación, salud, trabajo y condiciona a tener estilos de vida y realidades disímiles en un mismo territorio, como lo es un pequeño salón de clases de grado quinto en un colegio distrital, donde Leidy debe aprender a reconocerse desde su color de piel como una niña diferente y buscar alternativas de socialización, de conformar grupos de trabajo, de juego o una simple amistad,  lo que Jacques Rancière denomina como el reparto de lo sensible:

“ese sistema de evidencias sensibles que al mismo tiempo hacen visible la existencia de un común y los recortes que allí definen los lugares y las partes respectivas. Un reparto de lo sensible fija entonces, al mismo tiempo, un común repartido y partes exclusivas […] Esta repartición de partes y de lugares se funda en un reparto de espacios, de tiempos y de formas de actividad que determina la manera misma en que un común se ofrece a la participación y donde los unos y los otros tienen parte en este reparto”. (Rancière, 2009)

Leidy hace parte de los otros, de los excluidos, que por los prejuicios y estereotipos sociales, debe luchar  por obtener reconocimiento y participación, no solo entre sus compañeros y docentes, sino en esta sociedad, por no ser parte del nosotros, al que sí pertenece Laura por ser parte de la mayoría, al ser mestiza.

Para Rancière, el arte se convierte en una actividad en la que se ponen en crisis los privilegios que dividen las sociedades en ciudadanos auténticos y otros que no son tenidos en cuenta (Molano Vega, 2018) El arte es político. Los docentes tenemos el deber de activar el poder del arte como agente transformador de realidades, porque la expresión artística no solo atraviesa sensaciones y sentimientos, hace parte de la configuración de la realidad. Esa mirada estética que cada ser hace del mundo y es expresada en la forma de vestir, caminar, hablar, reir, pensar, discutir… traspasa el cuerpo y se convierte en espacio, en arquitectura, en lugar de vida, en hogar, comunidad o nación.

La Multiplicidad de realidades que convergen en el aula de clase, constituyen una diversidad de seres, de percepciones y construcciones sociales que en lugar de crear divisiones, debe llevar a reconocimientos, mediaciones y consensos. A través del ejercicio  perceptivo, motriz, memorístico, imaginativo y creativo que se realiza en cada producción artística, debemos propender por activar la mirada crítica y descifrar la visión individual y colectiva del mundo, inmersa en los códigos expresivos, no sólo de los estudiantes, sino de la información que llega por la red, la televisión, la publicidad, la música, el video, el cine y demás medios de comunicación e información, que nos permitan entender los lenguajes que reproducen las patologías sociales heredadas de nuestros ancestros, como el racismo, machismo, clasismo, regionalismo y sexismo, presentes ahora y en el pasado, y que se pueden revelar tanto en imágenes y documentos históricos, como en las manifestaciones culturales y folclóricas creadas en nuestras comunidades y en lugares cercanos o distantes, que a veces hacemos invisibles al centrarnos en la  visión de mundo occidental y en el desconocimiento  de las culturas orientales, africanas, polinesias o australianas, donde podemos encontrar otras construcciones que amplíen la mirada humanística del mundo.

La deconstrucción mental para el cambio como sociedad y la reconstrucción de la realidad para cada uno de nuestros infantes, como Leidy y Laura,  es posible si  logramos percibir lo que nos separa, para reconfigurar las formas de cohesión social con una redistribución de lo sensible. La capacidad política del arte y su transversalidad en todos los campos del pensamiento, reside en su poder de imaginar y crear nuevos mundos posibles.

Jaidy Victoria Guisado Bermúdez

Docente en artes plásticas. CED Jairo Aníbal Niño

Magister en Estética e Historia del Arte

Este artículo se publica gracias a la alianza de contenidos de Blog libreta de bocetos y Editorial Magisterio

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