Desplazar el centro • la lucha por las libertades culturales • Ngũgĩ wa Thiong’o

El título de esta recopilación de ensayos proviene de la primera de las conferencias en honor de Arthur Ravenscroft que di en la Universidad de Leeds, el 4 de diciembre de 1990. Sin embargo, los textos que forman el libro proceden de ensayos y conferencias de diferentes épocas, publicados o pronunciados en diferentes lugares. El texto más antiguo, «Su cocinero, su perro: el África de Karen Blixen», fue un discurso que di en Copenhague en 1981. La charla provocó una gran polémica en Dinamarca, donde Karen Blixen, más conocida como Isak Dinesen, estaba prácticamente santificada. ¿Una santa racista? Se me acusó de exageración, a pesar de que las citas eran literales, procedentes de sus libros Memorias de África y Sombras en la hierba. La pieza más reciente de este volumen, «Política y cultura poscolonial», es la transcripción de una charla que di en la Universidad de Adelaida en septiembre de 1990, durante una gira de un mes que hice en Australia. En ella, hablo de la continuidad del África de Karen Blixen en la Kenia poscolonial. La mayor parte de los otros textos fueron creados entre 1985 y 1990. Es decir, con la única excepción del discurso de Copenhague, durante los años en los que estuve exiliado de Kenia.

De los recogidos en este libro, hay dos textos que me producen una especial satisfacción porque son traducciones de los originales escritos en gĩkũyũ: «El imperialismo del lenguaje. El inglés, ¿lengua universal?» y «Un largo camino hacia la libertad. ¡Bienvenido a casa, Mandela!». El primero formó parte de un seminario de la BBC que tuvo lugar el 27 de octubre de 1988 y que trataba sobre la posibilidad de que el inglés se convirtiera en una lengua universal. Más tarde, se retransmitió a través del Servicio Mundial de la BBC. Tanto la versión inglesa (con el título «English: A Language for the World?») como el original en gĩkũyũ (titulado «Kĩĩngeretha: Rũthiomi rwa Thĩ Yoothe? Kaba Gĩthwaĩrĩ!») se publicaron en el número de otoño de 1990 del Yale Journal of Criticism. El segundo de estos textos fue un encargo de EMERGE, una revista neoyorquina de actualidad afroamericana, y fue el artículo principal en su número de marzo de 1990 sobre la histórica liberación de Nelson Mandela. No obstante, si bien el original en gĩkũyũ del primero de estos dos textos se publicó en la revista académica de Yale, el original en gĩkũyũ del texto sobre Mandela sigue todavía en un cajón, junto a muchos otros. Aun con sus destinos opuestos, estas dos piezas ilustran las dificultades que encontramos los que escribimos prosa de no ficción (filosofía, política, periodismo…) en una lengua africana, y aún más desde el exilio.

La comunidad de habla gĩkũyũ, por ejemplo, se encuentra concentrada casi en su totalidad en Kenia. No hay revistas ni periódicos en esta lengua ni dentro ni fuera de Kenia. Lo mismo ocurre también con todas las otras lenguas africanas que se hablan en Kenia excepto con el swahili, que es la lengua nacional y se habla en toda Kenia. Esto significa que los que escribimos en lenguas africanas nos enfrentamos con una gran escasez de canales de publicación y, en consecuencia, de plataformas para un debate crítico. Sólo podemos publicar, o bien a través de traducciones, o bien publicando en nuestra lengua en revistas en idiomas europeos; ninguna de las dos opciones es una buena solución. Esta circunstancia no ayuda mucho al desarrollo de un vocabulario especializado que permita a estas lenguas afrontar campos como la tecnología, la ciencia y las artes. El incremento de la escritura en lenguas africanas tendrá que ir acompañado de una comunidad de académicos y profesores que las usen y que puedan incorporar a las lenguas la riqueza léxica de las tecnologías modernas, las artes y las ciencias. Para esto, necesitarán plataformas de publicación. Es, como se ve, un círculo vicioso. Así que, aunque esos dos textos explican mi compromiso actual con la lucha para desplazar el centro de nuestros esfuerzos literarios de las lenguas europeas a una multiplicidad de centros lingüísticos, también ilustran las frustraciones que este compromiso conlleva en las condiciones actuales, debido a las dificultades para llevarlo a cabo de forma inmediata y exitosa en un continente que ha perdido la confianza en sí mismo. De todos modos, las dificultades, en la naturaleza y en la vida, están ahí para que las superemos. Sin lucha no hay progreso, dijo Hegel. La lucha para superar el reto de descolonizar la imaginación continúa, y esos dos textos son dos pasos que se unen a los que ya he dado con mis novelas, obras de teatro e historias para niños, en lo que será, claramente, un largo camino.

A pesar de que estas piezas fueron pronunciadas o escritas para ocasiones muy diferentes, en diferentes lugares y años, creo que comparten algunas asunciones predominantes y ciertos temas y preocupaciones recurrentes que dan unidad al conjunto.

En primer lugar, la asunción de que, para una plena comprensión de las dinámicas, los elementos y el funcionamiento de una sociedad —de cualquier sociedad—, los aspectos culturales no pueden tratarse como si estuvieran aislados de los políticos y los económicos. La cantidad de bienes y la calidad de los mismos en una comunidad, y cómo se producen y cómo se reparten entre sus miembros, es algo que afecta y se ve afectado por la manera en la que el poder está organizado y distribuido. Y esto, a su vez, afecta y se ve afectado por los valores de esa sociedad, encarnados y expresados en su cultura. La riqueza, el poder, y la imagen de sí misma que tiene una comunidad son aspectos inseparables.

La segunda asunción es el carácter dinámico de todas las sociedades. No se puede afirmar jamás de ningún elemento de una sociedad, ni siquiera de la cultura, que haya llegado a un punto inmejorable. La cultura es un producto del desarrollo de cada sociedad, pero también es el depósito de los valores que se han ido desarrollando en los diferentes estratos sociales a lo largo del tiempo; en cierto modo, puede decirse que representa la imagen de una sociedad en un momento dado. Esto la hace más conservadora que la economía y la política, que, en relación con la cultura, cambian con más facilidad. La cultura hace que una sociedad se vea a sí misma de uno u otro modo, tal y como los campos económico y político la hayan configurado. Debido a ello, se tiende a asumir que la cultura es neutral (que nos expresa a todos por igual y que es accesible a todos por igual) e inmutable, un lugar seguro y estable al que los miembros de una sociedad pueden acudir. De ahí que tantas sociedades hablen de «nuestros valores». Pero los cambios, ya sean paulatinos o revolucionarios, pueden desencadenarse a partir de las contradicciones internas de una sociedad en su relación, apacible o turbulenta, con factores externos. En ese sentido, una sociedad puede compararse a un cuerpo humano, que se desarrolla como resultado del funcionamiento de sus células y otros procesos biológicos —células naciendo y muriendo en diferentes combinaciones— y también de factores externos al cuerpo, como el aire y otros agentes ambientales. El aire y la comida, por ejemplo, son elementos externos que el cuerpo procesa y transforma en parte de él. Esto es normal y saludable. Pero puede suceder que el impacto del agente externo sea excesivo y el organismo no lo asimile correctamente, y en ese caso el cuerpo podría llegar incluso a morir. Diluvios, terremotos, vendavales, exceso o escasez de oxígeno en el aire, comida envenenada o en mal estado, empachos, consumo excesivo de alcohol, etc.; todos éstos son factores o actividades externas que influyen en el cuerpo humano y pueden afectarlo de forma negativa. Lo mismo sucede
con las sociedades. Todas las sociedades se desarrollan en contacto con su entorno, con otras sociedades, en diferentes ámbitos como el económico, el político y el cultural. En «circunstancias normales», una sociedad puede absorber las influencias que dicho contacto conlleva, puede digerirlas y hacerlas propias. Pero en condiciones de dominio externo, como una conquista, los cambios no son el resultado del desarrollo normal de conflictos y tensiones internas, no surgen de la evolución orgánica de esa sociedad, sino que son impuestos desde fuera.

Esto puede provocar deformaciones anormales en el desarrollo de la sociedad, puede cambiar por completo su curso, e incluso puede hacer que se extinga. Las condiciones de control y dominio externo, igual que las de opresión y dominio interno, no crean el clima necesario para el desarrollo de una cultura fuerte en la sociedad.

Si una cultura se mantiene completamente aislada respecto a las demás puede secarse, consumirse o marchitarse; y si una cultura está sometida a un dominio absoluto de otras sobre ella, puede quedar herida, o deformada, o incluso desparecer. Las culturas que mantienen su vigor son las que cambian como un reflejo de las dinámicas de las relaciones internas de una sociedad y las que mantienen un intercambio equilibrado en sus relaciones externas con otras sociedades. De ahí que en estos ensayos insista tanto en el carácter asfixiante y destructivo de las estructuras coloniales y neocoloniales. Un nuevo orden mundial basado en el predominio de las relaciones neocoloniales, bajo el control de un puñado de naciones occidentales —a través del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas o por otros medios— sólo puede constituir un desastre para los pueblos del mundo y sus culturas. El encuentro de unas culturas con otras, y la influencia recíproca que todas reciban en ese intercambio, tiene que producirse en condiciones de igualdad y de respeto mutuo. La apuesta por un nuevo orden mundial dominado por Occidente debe ser contrarrestada por una apuesta firme por un nuevo orden económico, político y cultural más equitativo, que se dé dentro de cada nación y en las relaciones entre ellas y que refleje la diversidad de pueblos y culturas humanas. Ésta es la lucha por las libertades culturales.

A partir de todo lo expuesto llegamos al tema que subyace en los ensayos aquí reunidos y que da título al libro: la necesidad de desplazar el centro. Cuando hablo de desplazar el centro lo hago en, al menos, dos sentidos posibles. Uno es la necesidad de desplazar el centro del lugar que se ha asumido como tal, Occidente, a una multiplicidad de esferas en todas las culturas del mundo. Esta asunción de que el centro del universo se encuentra en Occidente es lo que se ha llamado eurocentrismo y ha comportado el dominio del mundo por unas pocas naciones occidentales:

El eurocentrismo es un culturalismo en el sentido de que supone la existencia de invariantes culturales irreductibles entre sí que dan forma a los trayectos históricos de los diferentes pueblos. Es entonces antiuniversalista porque no se interesa en descubrir eventuales leyes generales de la evolución humana. Pero se presenta como un universalismo puesto que nos propone a todos la imitación del modelo occidental como única solución a los desafíos de nuestro tiempo.

Aunque la perspectiva eurocéntrica está presente en todos los ámbitos (económico, político, etc.), se manifiesta de forma muy particular en el campo de la lengua, la literatura, los estudios culturales y en la organización general de los departamentos de Literatura en universidades de casi todo el mundo. La ironía es que incluso aquello que es genuinamente universal en Occidente ha quedado aprisionado en el eurocentrismo. La civilización occidental es prisionera de sí misma, y sus carceleros son los intérpretes eurocéntricos. Pero el eurocentrismo es más peligroso para la autoconfianza de los pueblos del tercer mundo cuando lo internalizan en sus concepciones intelectuales del universo.

El segundo sentido al que me refiero al hablar de «desplazar el centro» es aún más importante, aunque no lo explore de manera extensa en estos ensayos. En la actualidad, dentro de cada nación, el centro se encuentra localizado en el estrato social dominante, una minoría burguesa y masculina. Dado que muchas de estas minorías burguesas y masculinas siguen bajo el dominio occidental, hablamos de que, en realidad, el mundo entero, incluyendo Occidente, está sometido a una minoría burguesa, eurocéntrica, blanca y masculina. Es necesario desplazar el centro de las minorías de clase establecidas en el interior de cada nación a los centros verdaderamente creativos entre las clases trabajadoras, en condiciones de igualdad racial, religiosa y de género.

Desplazar el centro en estos dos sentidos —entre naciones y dentro de cada nación— contribuirá a liberar a las culturas del mundo de los altos muros del nacionalismo, la clase, la raza y el género. En este sentido, soy un universalista empedernido. Creo que el verdadero humanismo de alcance universal puede florecer entre los pueblos del mundo mientras mantiene sus raíces en la individualidad nacional y regional de las historias y culturas del mundo. Sólo entonces, parafraseando a Marx, el progreso humano habrá dejado de parecerse a ese horrible ídolo pagano que sólo quería beber néctar en el cráneo del sacrificado.

Mi esperanza es que este libro contribuya al debate sobre cuál es el mejor modo de librar y ganar la batalla por las libertades culturales en el mundo. Para mí, desplazar el centro para corregir los desequilibrios de los últimos cuatrocientos años es un paso decisivo en esa dirección.

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